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El orden de la Memoria y lo que ordena la Historia
23 de marzo, por A 50 años del Golpe — Política, Libertades Democráticas, Opinión, Lesa humanidad, Genocidio, Impunidad, Golpe de Estado, Dictadura cívico-militar-eclesiástica, Crímenes de lesa humanidad, Terrorismo de Estado, Dictadura, A 50 años del Golpe, Memoria, 50 años del golpe de Estado de 1976, Política, Libertades Democráticas, Opinión, Lesa humanidad, Genocidio, Impunidad, Golpe de Estado, Dictadura cívico-militar-eclesiástica, Crímenes de lesa humanidad, Terrorismo de Estado, Dictadura, A 50 años del Golpe, Memoria, 50 años del golpe de Estado de 1976
Imágenes y relatos se agolpan en la mente. Muchos recuerdos aparecen y adquieren significación, sin respetar una cronología. Pero se pueden ordenar. La autora es hija de Miguel Ángel Lacorte, asesinado por la dictadura de Pinochet. Radicada en Quilmes, en 2001 un policía bonaerense la baleó por la espalda y la dejó en silla de ruedas. Integra el Centro de Profesionales por los Derechos Humanos (CeProDH) y milita en el PTS. Autora del libro La Disciplina de las Balas.
(Esta columna integra el dossier Reflexiones a 50 años del Golpe: una lucha incansable contra el negacionismo, el olvido y el silencio, que podés ver acá)
Se cumple medio siglo del Golpe del 24 de marzo de 1976. Un montón de imágenes y relatos se agolpan en mi mente y me doy cuenta de que muchos recuerdos aparecen y adquieren significación sin respetar una cronología. Pero los ordeno.
Lo primero que aparece es el viaje de mi papá a Chile, la convicción sobre la necesidad de la revolución socialista y el internacionalismo de una generación, su lucha en los Cordones Industriales y el fuego que las balas asesinas del Ejército pinochetista no pudieron apagar. Todos hechos que recién supe cuando entraba en la adolescencia.
Luego aparece la mudanza permanente de casa en casa, hasta llegar a Quilmes (al mismo barrio en el que vivo hoy) con mi mamá y mi papá de crianza, también militantes.
Poco después, el nacimiento de mi segunda hermana en el Hospital Iriarte, con mi madre aterrorizada por la posibilidad de “autodelatarse” por los efectos de la anestesia. Asistida por un médico y un sólo enfermero, porque el resto acababa de ser “chupado” por las patotas de Ramón Camps y del médico policial Jorge Bergés (que acaba de morir). El centro clandestino de detención Pozo de Quilmes estaba a una cuadra del hospital (algo que supe más tarde).
Mi hermana nació el 7 de noviembre de 1976. Fecha que, con el correr del tiempo y de la militancia, además de ser su cumpleaños tomó una nueva significación con el aniversario de la Revolución de Octubre y el cumpleaños de León Trotsky.
Apenas un par de años más tarde, y ahí entendí claramente lo que estaba pasando, apareció el Ejército rodeando mi barrio. Recuerdo a mi hermana mayor diciéndome “están los verdes” cuando salíamos para la escuela y dos milicos nos apuntaban con sus FAL. “No se puede salir”, nos dijeron.
Las imágenes se aceleran hasta la adolescencia: la secundaria, el centro de estudiantes, los paros y las movilizaciones masivas de una clase trabajadora que a pesar de todo no se rendía, las marchas incesantes de las Madres de Plaza de Mayo logrando el juzgamiento de los milicos. Y nosotros, los jóvenes, reconquistando en 1988 el boleto estudiantil con la memoria ardiente de los pibes de La Noche de los Lápices.
De repente, la decepción por las leyes de impunidad de Raúl Alfonsín y los indultos de Carlos Menem, la derrota de la lucha contra las privatizaciones y, vuelta a empezar, como tantas otras veces, la lucha en las provincias, la pelea contra la Ley de Educación Superior, la crisis del menemismo. Y mi decisión de empezar a militar.
Ya eran los tiempos de los escraches y marchas contra los genocidas, a muchos de los cuales años más tarde pondríamos en el banquillo de los acusado, cuando las consecuencias de las jornadas de diciembre del 2001 le impusieron al peronismo y a esta “Justicia” la anulación de las leyes y decretos de impunidad.
Unos meses antes de aquellas jornadas revolucionarias, en junio de 2001, cambiaría para siempre mi historia personal. Comenzaba otra lucha inmensa. Pero esto es más público y ya está escrito.
Este vendaval de vivencias que me genera pensar en los cincuenta años del Golpe me lleva también a hacer algunos balances. No puedo soslayar lo dicho más arriba respecto al triunfo que significó retomar los juicios a los genocidas, pero tampoco puedo dejar de ver cómo la Procuración General de Justicia hizo que los procesos se articularan “causa por causa”, volviéndose tan lentos que muchos genocidas murieron en libertad.
Mientras, Jorge Julio López desapareció por segunda vez en 2006 y, mientras seguimos buscándolo, el Estado hizo todo para encubrir a sus secuestradores, discípulos de Miguel Etchecolatz. En esta “democracia” (para ricos), sobrevivientes y testigos nunca dejaron de estar en peligro.
Es más, con el correr de los años desde la Casa Rosada se pasó de cierta utilización de los juicios de lesa humanidad para promover una “reconciliación” de la sociedad con las Fuerzas Armadas (kirchnerismo) al negacionismo puro y duro del genocidio y discursos incluso previos a la Teoría de los Dos Demonios (mileísmo), lo que incluye intentos de liberar genocidas.
Claramente, nuestra pelea continúa y no debe darles ni un milímetro de ventaja. Para eso contamos con el ejemplo de Norita Cortiñas, Mirta Baravalle, Elia Espen y todas las Madres, que nos obliga a seguirla generación tras generación.
El repaso de tantas movilizaciones y formas de lucha de un pueblo que nunca abandonó las calles me hace pensar en los ataques permanentes al derecho a la protesta que vemos con el gobierno de Javier Milei y Victoria Villarruel. Aunque han generado miedo y nos han costado heridos y detenidos, como mi compañero del CeProDH Matías Aufieri o el fotorreporteroPablo Grillo, no pueden lograr el disciplinamiento social al que apuntó siempre la burguesía argentina.
Obviamente, no puedo dejar de citar la lucha contra el gatillo fácil, un azote que siguen sufriendo nuestros pibes, a la que le vengo dedicando tantos años y que nunca deben cesar.
Reflexionar sobre el medio siglo del Golpe me lleva también a repasar cómo es esta sociedad en la que ocurre la represión policial, de dónde provienen los que más la sufren. Y me encuentro con amplios sectores que nunca han entrado al aparato productivo y millones de personas que llevan toda una vida subsistiendo con trabajos precarios.
Vivimos en un esquema de explotación y opresión sostenido por todos los gobiernos, el empresariado, las diversas burocracias (sindicales y sociales) y hasta las influyentes iglesias. Todo ordenado por el imperialismo. Un sistema que medra de sostener este orden de cosas. Frente a ellos, importantes sectores de una clase obrera dispuesta a resistir de pie los ataques feroces en un país (y un continente) saqueado y jaqueado.
Es inevitable relacionar la situación actual con la “sobrevida” de un capitalismo al que la generación de mis viejos apuntó orgullosamente a destruir. A medio siglo del Golpe seguimos en medio de crisis, guerras y duras luchas. Como la que protagonizamos en Argentina contra la reforma laboral o procesos convulsivos tan heroicos como la lucha contra el ICE en Minneapolis (por citar apenas un par de ejemplos). En ese marco, la principal tarea que tenemos pasa por sostener la lucha por la revolución socialista internacional. Una lucha que tantas y tantos compañeros (pienso en el querido Jorge “Turco” Sobrado) dejaron pendiente.
Ése es el legado que tenemos que dejarle a las nuevas generaciones de pibas y pibes que empiezan a asomarse a la vida. A un mundo en crisis se le responde en forma colectiva. Hay “empresas” por las que bien vale dar la vida. Y la Historia siempre ofrece (y hace necesaria) una “revancha”.
Foto Enfoque Rojo
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Nos desaparecieron por luchar por una sociedad socialista, sobrevivimos para seguir luchando
23 de marzo, por A 50 años del Golpe — Política, Libertades Democráticas, Opinión, Lesa humanidad, Genocidio, Impunidad, Golpe de Estado, Dictadura cívico-militar-eclesiástica, Crímenes de lesa humanidad, Terrorismo de Estado, Dictadura, A 50 años del Golpe, Memoria, 50 años del golpe de Estado de 1976, Política, Libertades Democráticas, Opinión, Lesa humanidad, Genocidio, Impunidad, Golpe de Estado, Dictadura cívico-militar-eclesiástica, Crímenes de lesa humanidad, Terrorismo de Estado, Dictadura, A 50 años del Golpe, Memoria, 50 años del golpe de Estado de 1976
¿Qué significa ser una ex detenida desaparecida? Del terror vivido al puño en alto contra todos los genocidas, por todos los compañeros. Por quienes ya no están y junto a quienes recién llegan, seguir llenando las calles de verdad. La autora integra la Colectiva Feminista Las Azucenas,es ex detenida desaparecida de La Cacha y querellante del colectivo de organismos de derechos humanos Justicia Ya!
(Esta columna integra el dossier Reflexiones a 50 años del Golpe: una lucha incansable contra el negacionismo, el olvido y el silencio, que podés ver acá)
Lo que pasó el 24 de marzo de 1976 lo venía gestando desde mucho antes la clase dominante, empresarial, oligárquica y militar, que fogoneó y apoyó en toda Latinoamérica los golpes promovidos por el imperialismo yanqui para domesticar a la población y disciplinarla.
En nuestro país lo llamaron Proceso de Reorganización Nacional . Decían que venían a poner orden y “pacificar” el país. Pero el plan económico que llevaron adelante, y que continúa imponiéndose hasta el día de hoy, era un plan liberal, de entrega, de gobierno para las minorías empresariales, multinacionales, para los poderosos de siempre. Un plan que, por supuesto, implicaba una mayor opresión y explotación de la clase trabajadora y el pueblo en general.
Gestaron un plan sistemático de secuestro, represión y exterminio a todo aquel que se opusiera. Por eso decimos que concretaron un genocidio. Fueron los dictadores junto a sus ideólogos, a los empresarios, a la Conferencia Episcopal Argentina y a los traidores de la burocracia sindical.
Transformaron a la Argentina en un gran campo de concentración, sembrando el país de centros clandestinos de detención a los que llevaban a desaparecer a miles de sus oponentes.
El Estado genocida construyó a su enemigo y “eligió” a qué grupos meter dentro de esa categoría. Así persiguieron a guerrilleros, militantes de partidos políticos, obreros de las fábricas, estudiantes, periodistas, artistas, científicos, curas villeros y todo aquel que pensaba y trabajaba por una sociedad mejor, por un cambio.
La dictadura fue feroz. Reinaba la censura. No nos podíamos reunir más de tres personas en la calle. Que los varones usaran pelo largo y jeans era “subversivo”. Las fuerzas represivas paraban a los colectivos, hacían bajar a toda la gente, revisaban los documentos y a quien no lo tenía se lo llevaban. También se llevaban a quien no les gustaba su cara. Y si alguien era encontrado con un volante o algún libro también “subversivo”, directamente a los campos de concentración.
Impusieron el Plan Cóndor junto a las dictaduras de países como Chile, Paraguay, Uruguay y Brasil, con operativos en común, intercambio de prisioneros y vuelos de la muerte. Todo digitado y aprendido en la Escuela de las Américas para favorecer la entrega del país al imperialismo.
Sobrevivir y enfrentar la impunidad
El horror vivido en esos centros clandestinos es de tal magnitud que nos costó 30 mil compañeras y compañeros desaparecidos, casi 500 niñas y niños robados, mujeres violadas y torturadas en presencia de sus seres queridos, niñas y niños que vieron el secuestro de sus padres y los siguen buscando hasta hoy.
Quienes pudimos sobrevivir y volver de ese horror siempre dijimos que si nos desaparecieron por luchar contra una dictadura tremenda, aparecimos para seguir luchando. Para seguir recordando a todos los que quedaron en el camino. Para seguir junto con las Madres y las Abuelas, que nos enseñaron tanto con esa valentía y coraje, que fueron las primeras en ponerse el pañuelo blanco y rondar en la Plaza de Mayo, que recorrieron todos los estamentos del Estado buscando a sus hijos, hermanos, nietos, compañeros, amigos.
Debió pasar un buen tiempo para poder hablar. Fueron años de silencio y mucho miedo metido adentro. Y fue gracias a esa resistencia y esa lucha de ellas que logramos dar los primeros pasos. Cuando empezamos a hablar no paramos de exigir los juicios a todos los genocidas.
La impunidad se fue creando desde el primer momento. Desde que Jorge Rafael Videla dijo que “los desaparecidos no están, ni vivos ni muertos, son una entidad”. Nosotros decíamos “los desaparecidos tienen que aparecer, que nos digan dónde están y quiénes son todos los culpables”.
Cuando no se pudieron hacer los juicios en el país, porque estaban vigentes las leyes tramposas de la Obediencia Debida y Punto Final del gobierno de Raúl Alfonsín, rematado con los indultos de Menem, quienes sobrevivimos viajábamos a los países donde sí se podía juzgar por las víctimas de esas nacionalidades. Dimos testimonio en Italia, en el Estado español, en Alemania. A fines de los 90 pudimos hacer los Juicios por la Verdad, que aunque no juzgaban penalmente sí nos permitían recopilar muchísima información con la que, años después, pudimos mandar a la cárcel a varios genocidas.
Muchas Madres fallecieron sin saber qué pasó con sus hijos y sin recuperar a sus nietos. Compañeras y compañeros también se fueron sin poder ver tras las rejas a sus verdugos.
El compañero Jorge Julio López fue secuestrado en 2006 tras dar su testimonio. Miguel Etchecolatz, que llegó a creerse el dueño de la vida y de la muerte, pudo planear desde la cárcel el segundo secuestro de López con complicidad de la Policía Bonaerense. Hasta el día de hoy el Estado no hizo nada para encontrar a los responsables.
Hoy la gran mayoría de los condenados, genocidas de la peor calaña que cometieron los crímenes de lesa humanidad más atroces, están con prisión domiciliaria o en cárceles VIP, atendiéndose en el Hospital Naval, entre amigos.
Y tenemos un gobierno que volvió a instaurar el negacionismo en la Casa Rosada, un gobierno lleno de fascismo, de misoginia, que pretende reivindicar a la dictadura y, si por ellos fuera, liberar hasta el último genocida. ¡No lo vamos a permitir!
La lucha continúa
El gobierno de Milei vino a sumergir a todo el pueblo en el ajuste, el hambre y la represión. Con personajes nefastos como Luis Caputo, Federico Sturzenegger y la milica Patricia Bullrich, que ya carga en sus espaldas con las muertes de Santiago Maldonado y Rafael Nahuel. Por eso tenemos que salir masivamente a las calles, hasta voltear este plan.
Así llegamos a los 50 años del golpe y seguimos afirmando que no nos van a doblegar. Nuestra lucha continúa. Las próximas generaciones tienen que conocer qué fue lo que pasó y por qué luchábamos. La generación de los 70 tenía la certeza de que podíamos construir una sociedad socialista, justa. Teníamos la experiencia de luchas como el Cordobazo , cuando el pueblo salió a las calles a defender su dignidad.
Reivindico el trabajo de la Asociación de Ex Detenidos Desaparecidos , de Adriana Calvo, de Patricia Chabat, de Cristina Gioglio, de Nilda Eloy, de Enrique “Cachito” Fukman y de tantas compañeras y compañeros heroicos que trabajaron y lucharon hasta el final por construir la Memoria, la Verdad y poder juzgar a los genocidas.
Seguimos exigiendo cárcel común, perpetua y efectiva a todos los genocidas y sus cómplices. Seguimos exigiendo que se abran los archivos de la dictadura, de todas las fuerzas represivas, eclesiásticos, judiciales, de los servicios penitenciarios y de inteligencia. Seguimos exigiendo que nos digan dónde están y qué pasó con nuestras 30 mil compañeras y compañeros detenidos desaparecidos. Seguimos exigiendo la restitución de todas y todos los niños robados a nuestras compañeras que parieron en los campos de concentración. Y seguimos diciendo que no olvidamos, no perdonamos y no nos reconciliamos.
Vamos a seguir en las calles, como siempre. Este 23 marcharemos en La Plata y el 24 en la Plaza de Mayo. Tiene que ser una marcha gigantezca. Marchemos contra todos los genocidios, el de hace 50 años pero también el que hoy se está consumando en Gaza. Nunca más un genocidio. Basta de esta guerra imperialista de Trump y Netanyahu en Irán. Fuera el imperialismo de Cuba, Venezuela y toda América Latina.
Foto Joaquín Díaz Reck | Enfoque Rojo
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Norita Cortiñas, hasta la victoria, siempre en lucha
23 de marzo, por Pioneras contra el golpe — Política, Libertades Democráticas, Nora Cortiñas, Genocidio, Dictadura cívico-militar-eclesiástica, 50 años del golpe de Estado de 1976, Política, Libertades Democráticas, Nora Cortiñas, Genocidio, Dictadura cívico-militar-eclesiástica, 50 años del golpe de Estado de 1976
La desaparición de su hijo Gustavo en 1977 transformó su vida, quien pasó de ser ama de casa a convertirse en una de las referentes históricas de la lucha por los derechos humanos. Su compromiso activo con la memoria, la verdad y la justicia trascendió la dictadura: acompañó cada lucha contra la impunidad, denunció el negacionismo y se mantuvo presente en las calles hasta sus últimos años.
Hoy cumpliría años. Y ya se sabe dónde estaría Norita. La lista de luchas en las que Norita participó es interminable. Para ella, la desaparición de Gustavo y la lucha por los 30 mil no eran sólo memoria. Eran presente. Nunca entendió esa lucha con el objetivo de ajusticiar los crímenes y nada más. Siempre supo que las luchas presentes de la clase obrera y los sectores populares son, en esencia, las mismas que libró la generación setentista de luchadoras y luchadores.
Nunca supo qué hizo la dictadura con su hijo Carlos Gustavo Cortiñas. En 1952 nació el primer hijo de la familia, Carlos Gustavo. Después, en 1955, llegó Marcelo. A su hijo mayor lo llamaba por su segundo nombre. Esa ausencia (la imposibilidad de saber) no solo marcó su vida: la empujó a transformarla por completo.
Una vida atravesada por la desaparición
Gustavo estudiaba (después de un paso por la Universidad de Morón) en la Facultad de Ciencias Económicas de la Universidad de Buenos Aires (UBA). Militaba en la Juventud Peronista (JP). En los primeros tiempos, lo hizo en la Villa 31 junto al sacerdote Carlos Mugica. Cumplió 22 años el 11 de mayo de 1974. Ese día estaba triste y no quiso festejos: la Triple A había acribillado al sacerdote.
El 15 de abril de 1977 Gustavo salió para el trabajo. Nunca llegó. Tampoco se encontró con Ana (su pareja, con quien tenían un nene de dos años) como habían convenido. Con el tiempo, se supo que a él se lo habían llevado de la estación Castelar. Nora no dudó y salió a buscarlo. Con su marido se acercaron a los organismos de derechos humanos que ya estaban funcionando, como la Liga Argentina por los Derechos del Hombre (LADH), la Asamblea Permanente por los Derechos Humanos (APDH) y el Movimiento Ecuménico por los Derechos Humanos (MEDH).
Un cuñado le habló de unas mujeres que se reunían frente a la Casa de Gobierno. Hacia allá fue ella. Llegó por primera vez a la Plaza de Mayo en mayo de 1977. Nunca la abandonó, ni siquiera con el terror que provocaron los secuestros de Azucena Villaflor de De Vincenti, Esther Ballestrino de Careaga y María Eugenia Ponce de Bianco en diciembre de ese año.
Eran “las locas” para la dictadura. Las locas que caminaban, lloraban, se sostenían aunque se desplomara el cielo. “El público que pasaba por la Plaza de Mayo muchos años no nos vio”, contó años antes en una entrevista en la Biblioteca Nacional. “Éramos invisibles, nadie se acercaba a preguntar qué hacíamos ahí”.
De ama de casa a militante
Norita nunca pensó su historia como algo cerrado en el pasado. Para ella, la desaparición de Gustavo y la lucha por los 30 mil eran presente. Siempre supo que las luchas presentes de la clase obrera y los sectores populares son, en esencia, las mismas que libró la generación setentista de luchadoras y luchadores.
Por eso en 2002 estuvo a la cabeza del reclamo por justicia para Maximiliano Kosteki y Darío Santillán, asesinados en la Masacre de Avellaneda. Fue a ella a quien el entonces gobernador bonaerense Felipe Solá le dijo que los jóvenes piqueteros habían muerto porque “se mataron entre ellos”. Su testimonio fue central en el proceso penal que aún se les sigue a los responsables políticos de esa represión brutal.
Fue ella la que marchó por los “nuevos” desaparecidos, los de esta democracia para ricos. Junto a Adriana Calvo, Myriam Bregman y demás referentes exigió en 2006 la aparición de Jorge Julio López y nunca dejó de denunciar el encubrimiento de la Policía Bonaerense por parte de todos los gobiernos. Lo mismo hizo en 2009 por Luciano Arruga, en 2011 por Daniel Solano, en 2017 por Santiago Maldonado, en 2020 por Facundo Castro y Luis Espinoza. Y por tantos otros.
Nora estaba alejada de las cuestiones partidarias cuando todo comenzo. El epicentro de su vida era la casa de la familia en Castelar. A su marido no le gustaba que su esposa trabajara fuera del hogar. Era muy “machista”, relataba ella. “Yo fui criada con una matriz machista”, decía Norita, que a los 19 años estaba casada, era ama de casa y modista. Recordaba risueña los enojos de Carlos, su marido: “¿Qué tiene que hacer una Madre de Plaza de Mayo en un taller sobre sexualidad?”.
Con el tiempo, esa mujer que había sido formada en esos mandatos fue transformándose. La búsqueda de su hijo la llevó a la calle, a la organización, a la palabra pública. Y también la fue acercando a otras luchas. Así se fue haciendo feminista y se impuso como una suerte de referencia para nuevas generaciones, incluso como una figura reconocida dentro de la marea verde.
Una lucha que no terminó
Cuando Alberto Fernández relativizó el genocidio perpetrado en Argentina, hablando de “inconductas” de algunos militares y pidiendo “dar vuelta la página”, Norita no dudó en cuestionar al Frente de Todos . Le dijo entonces a este diario que el del Presidente fue un claro “gesto negacionista”, que las Madres iban a seguir “en las calles reclamando por Memoria, Verdad, Justicia” y que Alberto, puesto allí por designio de Cristina Kirchner, “nunca estuvo vinculado a la defensa de los derechos humanos”.
También denunciaría lo mugriento que resultaba tener de ministros a personajes como Felipe Solá a nivel nacional o Sergio Berni en la provincia de Buenos Aires.
Nunca dejó de denunciar el negacionismo y las propuestas de reconciliación con los genocidas. El 19 de diciembre de 2023 tuvo una de sus últimas apariciones en público. Javier Milei y Victoria Villarruel llevaban nueve días en la Casa Rosada. En la Cámara de Diputados la bancada del Frente de Izquierda, encabezada por Myriam Bregman, había convocado a legisladores, referentes de derechos humanos, sindicales, sociales y políticos a una audiencia pública para denunciar la ilegalidad de las políticas de Patricia Bullrich englobadas en su “Protocolo de Orden Público”. Y allí fue Norita.
“Una cosa que me obsesiona es que de una vez por todas echemos al Fondo Monetario Internacional a patadas en el culo”, dijo en aquella audiencia en 2023. De igual manera había repudiado el acuerdo con el FMI firmado en 2022 por el gobierno peronista. “La historia siempre señalará a los traidores que votaron ese pacto”, sentenció sin perder su calma.
En una de las tantas conversaciones con este diario, Norita le dijo a nuestra compañera Andrea López que es necesario seguir tomando las banderas de lucha de sus hijos e hijas. “Ése es el gran compromiso que tenemos, reivindicar las luchas que hubo, hay y habrá para hacer de este mundo un lugar que merezca ser vivido, donde quepamos todos y todas, que esta vida merezca ser vivida”.
La lista de luchas en las que Norita no dejó de estar es interminable. Su solidaridad se hizo fuerte con los despedidos de PepsiCo y con los de Lear . Con los obreros de Donnelley que ocuparon la gráfica de Garín tras la huida de la patronal y la pusieron a producir bajo el nombre de Madygraf , al igual que con los ceramistas de Zanon de Neuquén. Con los mineros de Río Turbio y con los ferroviarios tercerizados del AMBA.
Norita abrazó la causa contra el genocidio perpetrado por el estado sionista de Israel: "Dejen vivir a los palestinos en su tierra”: "La Palestina que queremos fue atacada por Israel de una manera inhumana, brutal, inmoral, especialmente en Gaza… Decimos que es una masacre organizada, un genocidio planificado para avanzar sobre el territorio de un pueblo vivo que sigue resistiendo. Un pueblo que en pandemia no tiene acceso a la salud y es desprotegido por la Convención de Ginebra. Un pueblo que molesta a muchos porque su resistencia siempre es noticia. Mientras Israel sigue bombardeando Gaza seguimos apoyando la lucha de Palestina ¡Palestina libre!
La misma coherencia con la que se solidarizaba tanto con los qom y wichí en el norte como con los mapuche en el sur era la que la llevaba a denunciar el ataque del Estado contra quienes reclaman una vivienda en las grandes urbes. Así lo hizo ante el violento desalojo en Guernica por parte del gobierno de Axel Kicillof, Berni y Larroque. Y también ante el violento desalojo en la Villa 31 por parte del gobierno porteño de Horacio Rodríguez Larreta.
Podríamos seguir hasta el infinito: Siempre Norita presente.
En una de las conversaciones con La Izquierda Diario, Norita dijo que es necesario seguir tomando las banderas de lucha de sus hijos e hijas. “Salgamos a las calles a reclamar con una sonrisa y no con cara de amargados”, era el grito de vida que nos dejó y por lo cual estará siempre presente.
“Pensarán ‘pobre madre, mirá las ilusiones que tiene todavía'. Pero no. Vamos a triunfar, no pasarán, seguiremos adelante, creciendo como el país que soñaron los 30 mil”. Su vida se vuelve un ejemplo a seguir para aprender, continuar sus pasos y luchar inclaudicablemente como lo hizo ella. Como decías vos, Norita, “¡hasta la victoria siempre, venceremos!”
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“Sacamos a Alejandro de La Perla”
22 de marzo, por A 50 años del golpe genocida — Política, Libertades Democráticas, Lesa humanidad, Genocidio, Dictadura cívico-militar-eclesiástica, Crímenes de lesa humanidad, 50 años del golpe de Estado de 1976, Política, Libertades Democráticas, Lesa humanidad, Genocidio, Dictadura cívico-militar-eclesiástica, Crímenes de lesa humanidad, 50 años del golpe de Estado de 1976
Días atrás se conocieron las identidades de las personas halladas en el principal centro clandestino de Córdoba. Un pequeño rastro permitió identificar a Alejandro Jorge Monjeau López. El cierre de un ciclo de silencio e incertidumbre para seguir honrando su lucha y la de los 30 mil.
El pasado miércoles, la sede del Juzgado Federal 3 de Córdoba fue testigo, a pesar del negacionismo que sobrevuela estos tiempos mileístas, del triunfo de la lucha inclaudicable de sobrevivientes, familiares, el movimiento de derechos humanos y la ciencia al servicio de la verdad, la memoria y la justicia.
El titular del juzgado Miguel Hugo Vaca Narvaja dio a conocer los nombres de las doce personas identificadas en las excavaciones realizadas por el Equipo Argentino de Antropología Forense (EAAF) en la zona de Loma del Torito, dentro de la Reserva Natural Militar La Calera.
Ramiro Sergio Bustillo, José Nicolás Brizuela, Raúl Oscar Ceballos Cantón, Adriana María Carranza o Cecilia María Carranza, Carlos Alberto D'Ambra, Mario Alberto Nívoli, Elsa Mónica O'Kelly Pardo, Oscar Omar Reyes, Eduardo Jorge Valverde, Sergio Julio Tissera y Alejandro Jorge Monjeau López.
Restos óseos fragmentados que confirman lo que los sobrevivientes sostuvieron por décadas: la "limpieza" a gran escala que realizaron los militares a inicios de 1979 para ocultar el genocidio en curso ante la visita de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH). Sin embargo, la ciencia y la lucha incansable lograron lo imposible: encontrar los fragmentos que quedaron y comenzar a darles una identidad.
Así, un pequeño rastro permitió que Alejandro Monjeau López saliera de las entrañas oscuras de La Perla.
El segundo de cinco hermanos, Alejandro nació en la ciudad de Mar del Plata en 1955. A los 17 años se mudó a La Plata para estudiar Abogacía. “Tenía brillo, era muy vital, muy gracioso”, afirma Guillermina, la menor de los hermanos.
Su hermana lo recuerda con ojos de niña: “Gracioso. Muy deportista. Lo vi muy poco, tenía 7 años. El recuerdo que tengo de la última vez que lo vi, fue un encuentro a escondidas de la familia con él y su esposa en un bar. Son como flashes. Imágenes de comidas familiares, donde Alejandro y mi hermano Federico hacían shows, eran los graciosos de la familia”.
Con un “compromiso muy importante”, militó en la Juventud Universitaria Peronista. “Era un tipo muy visceral, muy politizado. Con una presencia muy importante. Se metió a trabajar en una fábrica acá en La Plata porque quería tener esa experiencia obrera. Iba a las librerías y dejaba marcadas las hojas y volvía al otro día para seguir leyendo. Se va armando esa mística, viste?. Encima era lindo, era hermoso. Muy sonriente”. Pedazos de historia, fragmentos de flashes que arman y sostienen historias, vidas.
Junto a su compañera decidieron irse a Córdoba, donde fueron secuestrados en 1977. Primero fue él, luego ella. Patricia dio a luz a una niña en La Ribera, otro de los centros clandestinos que funcionaron en Córdoba; luego fue trasladada a la cárcel de Devoto donde permaneció un año. La bebé, Alejandra, fue entregada a su abuelo materno.
Alejandro tenía 21 años cuando lo secuestraron aquel 14 de marzo de 1977. Testimonios brindados en el juicio de La Perla- donde fueron condenados 28 genocidas-, lo ubican en ese predio de 14 mil hectáreas por donde pasaron más de 5 mil personas; uno de los centros clandestinos de detención, tortura y desaparecidos más grandes del interior del país.
El último tramo de certeza fue el 11 de marzo de 2026 cuando una sobrina recibió la noticia del hallazgo de restos en aquel lugar. La comunicación con la familia; con Alejandra, su hija, quien vive en Italia junto a su madre. El cierre de un impasse en el tiempo.
“Simbólicamente es la idea de que salga de ahí. Sacarlo de ese lugar y tenerlo cerca nuestro. Es como cerrar el tiempo de La Perla y llevarlo a otro lugar, a Mar del Plata con mis padres y mi hermano fallecido. Cierra un proceso y es un profundo agradecimiento a todos los que colaboraron; es muy emocionante. El Equipo de Antropología Forense, el juzgado y la calidad con que nos llamaron”, señaló Guillermina, quien marchará con su familia este 24, como todos los años. Quizás este con más impacto.
“Dejar de pensarlo a Alejandro en la Perla” es la síntesis de un triunfo de este lado, contra la pedagogía del silencio y el escarmiento que los mismos de siempre, que solo cambian las caretas, buscan imponer a golpe de ajuste y represión.
Porque la memoria que es bronce, no se mueve. La memoria colectiva es una construcción constante contra la impunidad de ayer y de hoy.
“Con el arriba nervioso y el abajo que se mueve”, como cantaban Los Olimareños, daremos vuelta la tortilla.
Este 24 de marzo, nos vemos en las calles.
¡30 mil detenidos desaparecidos presentes ahora y siempre!
Fue genocidio
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Adriana Calvo: memoria y lucha contra la impunidad
22 de marzo, por Pioneras contra el golpe — Política, Libertades Democráticas, Genocidio, Dictadura cívico-militar-eclesiástica, Adriana Calvo, Bloque1 A4 1 titulo, 50 años del golpe de Estado de 1976, Política, Libertades Democráticas, Genocidio, Dictadura cívico-militar-eclesiástica, Adriana Calvo, Bloque1 A4 1 titulo, 50 años del golpe de Estado de 1976
Un recorrido por la vida y el testimonio de Adriana Calvo, sobreviviente de la dictadura, cuyo relato en el Juicio a las Juntas expuso el horror de los centros clandestinos. Su incansable lucha contra la impunidad se sostuvo, sin concesiones, hasta sus últimos días.
La diputada nacional Myriam Bregman –compañera y amiga– recordaba su esencia: “Lo principal que se aprendía era a no decir jamás ‘no se puede'. Para Adriana esa respuesta no existía. Nos enseñó a luchar contra todo escepticismo o desmoralización".
A Adriana Calvo la secuestraron el 4 de febrero de 1977. Estaba en su casa de Tolosa junto a su hijo Santiago, de apenas un año y medio. Su hija mayor, Martina, había ido a dormir a la casa de sus abuelos. Su compañero, Miguel Laborde, trabajaba en la Universidad Nacional de La Plata, donde ambos eran docentes: él de Química, ella de Física. De pronto, un grupo de hombres rodeó la vivienda. Cuando se la llevaban, una vecina logró arrebatarle al niño de los brazos a uno de los captores. Ese gesto evitó que también él fuera desaparecido. Así comenzó un calvario que marcaría su vida y, años más tarde, la historia judicial argentina, pero también el inicio de un camino de lucha en el que Adriana ocuparía siempre un lugar en primera fila.
El caso de Adriana Calvo se convirtió en el número uno de la causa 13/84, más conocido como Juicio a las Juntas. Fue la primera sobreviviente en declarar, elegida por los fiscales Julio Strassera y Luis Moreno Ocampo. Su testimonio, brindado el 22 de abril de 1985, produjo una conmoción profunda en la sala. Durante casi dos horas relató el horror con una precisión que dejó sin palabras a quienes la escuchaban.
Aquel día, frente a un tribunal colmado y con los responsables del terrorismo de Estado observando desde los palcos, su voz quebró el silencio de años. “Nadie allí pudo mirar a los ojos del otro por un buen rato y, al mismo tiempo, emitir palabra alguna”, escribió Pablo Llonto. Su declaración no solo impactó por lo narrado, sino porque permitió dimensionar en sede judicial el funcionamiento concreto del plan represivo.
Para entonces, Adriana ya había decidido que su historia no sería solo un recuerdo doloroso, sino una herramienta de denuncia. A lo largo de su vida brindó numerosos testimonios y participó activamente en la reconstrucción de lo ocurrido en los centros clandestinos de detención.
Fundadora de la Asociación de Ex Detenidos Desaparecidos, dedicó años a identificar víctimas, reconstruir recorridos y señalar responsables.
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El infierno en el Pozo de Banfield
Su propia experiencia en ese lugar es uno de los relatos más estremecedores del terrorismo de Estado. Llevaba dos meses secuestrada. Había pasado por distintos centros clandestinos con un embarazo avanzado y sin haber tenido más noticias de sus hijos. Cuando preguntó por su marido, también secuestrado, recibió un cachetazo como única respuesta. Aun así, cuando una compañera de cautiverio le habló de otro lugar, “el verdadero infierno”, Adriana se estremeció. Solo le dieron dos datos: estaba en Banfield y tenía una escalera de cerámicos rojos.
Con un embarazo avanzado fue trasladada desde la comisaría quinta de La Plata en un patrullero. Allí comenzó el trabajo de parto. En su testimonio en el Juicio a las Juntas declaró:
“Yo iba acostada en el auto, vendada, con los ojos vendados y las manos atadas atrás. Les decía que estaba por nacer mi criatura, que no podía aguantar más, que pararan, que era inminente. No era mi primer hijo, yo sabía que estaba por nacer. Me decían que era lo mismo, que igual me iban a matar, que iban a matar al chico. Íbamos a toda velocidad y yo les grité: ‘ya nace, ya nace, yo no aguanto más'. Y efectivamente nació. Mi beba nació bien, era muy chiquita. Quedó colgando del cordón, se cayó del asiento, estaba en el piso. Yo le pedía por favor que me la alcancen, que me la dejen tener conmigo. No me la alcanzaron. Yo seguía con las manos atrás, con los ojos vendados. No me la querían dar, señor presidente. Ese día hice la promesa de que, si mi beba vivía y yo vivía, iba a luchar todo el resto de mis días porque se hiciera justicia.”
“Yo estaba atrás, desnuda, con mi beba colgando, llena de sangre. Me tuvieron 2, 3 horas allí, con mi beba llorando en el piso, y yo no podía hacer nada por recogerla.
Luego fue trasladada al interior del centro clandestino:
"Lo primero que hizo el doctor Bergés fue sacarme el tabique y me dijo: ‘ya no te hace falta eso'. Era una sentencia de muerte. Realmente pensé que no iba a salir nunca más de allí. Me sacó la placenta y la tiró al piso mientras me insultaba. Mi beba estaba en la mesada, toda sucia, lloraba, tenía frío. Yo pedía por favor que me dejen estar con ella. Me hicieron limpiar todo mientras me insultaban. Yo estaba totalmente desnuda. Mi beba lloraba. Recién ahí, cuando había limpiado todo, me dejaron agarrar mi beba y lavarla con agua fría.”
La “escalera de cerámicos rojos” que había escuchado en cautiverio se convirtió en un símbolo del ingreso a ese espacio de terror. Era uno de los engranajes del Circuito Camps, la entrada a la Brigada de Investigaciones o el Pozo de Banfield, maternidad clandestina, el destino final de las chicas y los chicos de la Noche de los Lápices y una de las bases del Plan Cóndor en el país.
Su testimonio se convirtió en un arma de lucha enfrentando con toda crudeza y coraje el significado de la palabra "excesos" que comenzó a circular, allá por 1985, para atenuar las penas.
"Señor presidente, yo no voy a abundar más en los detalles de las torturas, pero sí creo que hay algo que es muy importante que yo diga y que yo cuente, aunque es muy doloroso. Después de las cosas que he leído que se han dicho aquí, creo que es imprescindible para que se haga justicia.
"La obligación de la patota era torturar, lo hacían profesionalmente, lo hacían en forma fría, lo hacían en forma calculada. No necesitaban de ninguna droga, de alcohol, de nada, estaban absolutamente conscientes de lo que hacían.
"Pero señor Presidente, voy a contar el caso de una persona a la que no conocía, a quien torturaron durante días enteros, la patota lo torturó día y noche, lo torturó sin piedad, con todos los métodos que he relatado, y muchos más. Por fin, lo dejaron en paz y se fueron, lo dejaron tirado en frente de nuestro pasillo, oíamos el jadeo de esa persona. Cuando la patota se fue, señor Presidente, los guardias comenzaron hacer un asado a tomar vino a emborracharse a uno se ocurrió torturar a este prisionero y comenzaron a torturarlo nuevamente, esta vez no querían ninguna información, señor presidente, se divertían y gritaban, era una... Lamento haberlo dicho, pero creo que es importante, porque aquí se ha hablado de excesos y supuestamente estos son los excesos. Lo otro, la tortura fría y cruel, era un acto de servicio".
La primera en denunciar la desaparición de Julio López
Décadas después, Adriana volvió a ocupar un rol central al denunciar la desaparición de Jorge Julio López en 2006, durante el juicio contra Miguel Etchecolatz. Ese lunes 18 de septiembre de 2006 en el que López nunca llegó al alegato, Adriana Calvo no bajó sus brazos para denunciar su desaparición y señalar claramente a los responsables. Desde el primer momento sostuvo que se trataba de un secuestro vinculado a las fuerzas represivas: “Esto es un secuestro a manos de la Bonaerense”.
Lamentablemente a medida que pasaron las horas se fue confirmando y ya no queda prácticamente otra posibilidad: “Ojalá que me equivoque. No obstante, festejaremos nuestro error, si Julio está perdido o está, como dijo el ministro (Aníbal) Fernández, en la casa de su tía".
Mientras desde el gobierno se intentaban instalar hipótesis alternativas, Adriana insistía:
“Ojalá que me equivoque… pero ya no queda prácticamente otra posibilidad”. Las palabras del entonces Ministro del Interior del gobierno de Néstor Kirchner pasaron al podio de las frases célebres de la historia política argentina, pero por su nivel de cinismo y de burla hacia las organizaciones de Derechos Humanos que no bajaron las banderas de lucha contra la impunidad.La claridad de Adriana para identificar los mecanismos de impunidad fue una constante en su trayectoria. Tuvo la capacidad propia de quienes sobrevivieron a los campos de exterminio de la dictadura, no callaron y aportaron su testimonio fundamental para desnudar el plan genocida. Se templó en la dura lucha de aquellos años donde el terrorismo de Estado cambió sus vidas.
Denunció no solo los crímenes de la dictadura, sino también las limitaciones de los procesos judiciales posteriores, que avanzaban de manera fragmentada y dejaban fuera a numerosos responsables. Insistía en que los juicios debían ser “por todos los genocidas y por todos los compañeros”, para evitar lo que definía como “impunidad biológica”.
“Para Adriana no había causas perdidas”
Adriana fue pionera en la pelea por el reconocimiento del genocidio en los juicios y en denunciar que las condenas llegaban a cuentagotas. Ni las amenazas, ni la persecución, ni la enfermedad lograron detenerla.
Su compromiso trascendió los juicios de lesa humanidad. Acompañó luchas de trabajadores, estudiantes y víctimas de violencia institucional, y denunció responsabilidades estatales incluso en democracia. Nunca dejó de señalar las contradicciones de los gobiernos que, al tiempo que reivindicaban los derechos humanos, sostenían prácticas de impunidad.
Por eso, como no dudó en denunciar el encubrimiento del secuestro y desaparición de Julio López por parte del gobierno de Néstor Kirchner tampoco dejó de denunciar su responsabilidad en garantizar la impunidad de los responsables de los asesinatos de Maximiliamo Kosteki y Darío Santillán, Carlos Fuentealba, Luciano Arruga, entre otros.
A mediados de 1990 fundó junto con otros familiares, como Nora Cortiñas y Cachito Fuckman, y organismos como Asociación de Ex Detenidos Desaparecidos (donde militaba Adriana), el CEPRODH y Madres de Plaza de Mayo Línea Fundadora, el Encuentro Memoria, Verdad y Justicia. Surgió frente a la necesidad de coordinar acciones entre distintas organizaciones de derechos humanos y de izquierda, independientes de los gobiernos de turno.
Quienes la conocieron destacan su convicción inquebrantable. Un compañero de trabajo de la Facultad de Ingeniería sostuvo: “Para Adriana no había causas perdidas, había causas abandonadas”. Cachito Fukman expresó: “Adriana formó parte de una generación que fueron formados para ser brillantes y pusieron todo lo que tenían para construir ese país sin explotados ni explotadores, para construir ese país de hombres y mujeres libres, para construir el socialismo. El mejor homenaje que le podemos hacer a Adriana es levantar sus banderas en la práctica cotidiana”.
Adriana Calvo murió el 12 de diciembre de 2010, pero su legado permanece. Su testimonio permitió reconstruir una parte fundamental del funcionamiento del terrorismo de Estado y dejó una enseñanza política profunda: la necesidad de sostener la memoria y la lucha contra la impunidad hasta las últimas consecuencias.
Fuentes:
Testimonio de Adriana Calvo (fragmento 1)
Testimonio de Adriana Calvo (fragmento 2)
Homenaje a 10 años del fallecimiento de nuestra compañera Adriana CalvoAdriana Calvo: la primera que dijo que Julio López estaba desaparecido


