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Si hay juicios a los genocidas es por las pruebas que juntamos sobrevivientes y familiares
22 de marzo, por A 50 años del Golpe — Política, Libertades Democráticas, Opinión, Lesa humanidad, Genocidio, Madres de Plaza de Mayo, La Noche de los Lápices, Impunidad, Juicios por la dictadura, Golpe de Estado, Dictadura cívico-militar-eclesiástica, Abuelas de Plaza de Mayo, Crímenes de lesa humanidad, Terrorismo de Estado, Dictadura, A 50 años del Golpe, Memoria, 50 años del golpe de Estado de 1976, Política, Libertades Democráticas, Opinión, Lesa humanidad, Genocidio, Madres de Plaza de Mayo, La Noche de los Lápices, Impunidad, Juicios por la dictadura, Golpe de Estado, Dictadura cívico-militar-eclesiástica, Abuelas de Plaza de Mayo, Crímenes de lesa humanidad, Terrorismo de Estado, Dictadura, A 50 años del Golpe, Memoria, 50 años del golpe de Estado de 1976
La lucha por los pibes de La Noche de los Lápices convertida en lucha por los 30 mil. Seguir buscando a nuestros desaparecidos y encontrar en el camino a represores escondidos. Recuerdos para pelear en el presente, por izquierda. La autora es hermana de Horacio Ungaro y tiene una larga trayectoria en la lucha por Memoria, Verdad y Justicia.
(Esta columna integra el dossier Reflexiones a 50 años del Golpe: una lucha incansable contra el negacionismo, el olvido y el silencio, que podés ver acá)
Soy hermana de Horacio Ungaro, uno de los chicos detenidos-desaparecidos en La Noche de los Lápices. Aunque conseguimos una sentencia en el juicio por los crímenes de lesa humanidad cometidos en el Pozo de Banfield, seguimos preguntando dónde están nuestros seres queridos.
Horacio desapareció el 16 de septiembre de 1976, junto a su compañero Daniel Racero, en el domicilio de mi mamá. Estaban durmiendo para ir a la escuela al día siguiente. Mi hermano era militante, daba clases de apoyo escolar y alfabetización en una villa de emergencia que había detrás del Hipódromo de La Plata. Jugaba al ajedrez y era extremadamente lector. En su mesita de luz siempre estaba el Diario del Ché y el Manual de Filosofía de Victor Afanasiev, todo subrayado y marcado.
La Plata era una ciudad asolada por las bandas parapoliciales como la Triple A y la Concentración Nacional Universitaria, la CNU. Desde 1974 comenzaron a atacar. Tuvimos la Masacre de La Plata, la matanza del Gringo Pierini junto a Rolando Chávez y a su padre Horacio poco después del asesinato de Rodolfo Ortega Peña.
Previo al golpe hubo muchos asesinatos. Nuestra ciudad tiene muchísimos desaparecidos.Siempre pensé qué fuerza debe haber tenido Horacio, siendo tan chico, para arrojar todos sus libros por la ventana a la calle cuando sintió que llegaban a detenerlo. Libros que logramos recuperar y conservar, hoy los tengo conmigo como un gran tesoro.
Yo tenía 26 años. La dictadura hizo que saliera a buscarlo junto a mis padres. Nos fuimos reuniendo con los otros familiares, los de Claudia Falcone, Claudio de Acha, Francisco López Muntaner y todos los demás.
Primero pedíamos la aparición con vida, que era la consigna lanzada por las Madres. Cosa que no obtuvimos. Entonces empezamos a exigir el castigo a los culpables.
21 de noviembre de 1977. Marta Ungaro junto a otros familiares intantan contactarse con el secretario de Estado estaounidense Cyrus Vance. Fue el primer día que la Madres se pusieron los pañalas de sus hijos en la cabeza Participé la primera vez que las Madres usaron los pañuelos. Fue el 21 de noviembre de 1977, cuando vino a la Argentina el secretario de Estado estadounidense Cyrus Vance. Fuimos desde La Plata a Buenos Aires junto a Elba Falcone. Ella repartía los pañales de tela que luego se convertirían en el símbolo de las Madres. Y ése día también, debajo de un jacarandá, se formó Abuelas.
También estuve cuando vino la Comisión Interamericana de Derechos Humanos, la CIDH. Mientras hacíamos cola para que nos recibieran los funcionarios de la OEA, el relator de fútbol José María Muñoz nos insultaba al grito de “los argentinos somos derechos y humanos”.
En 1977 me encargué de recolectar el dinero para pagar lo que sería la primera solicitada en los diarios, denunciando la desaparición de Azucena Villaflor y preguntando dónde estaban nuestros familiares. Cada familiar firmó poniendo su nombre y apellido junto al DNI.
En nuestra búsqueda, como familiares, fuimos encontrando a muchos de los represores y verdugos de nuestros seres queridos. Yo logré localizar a Néstor Beroch, miembro de la CNU que participó en el secuestro de mi hermano. Lo encontré dando clases en un colegio secundario. Logramos que lo separaran de la escuela, aunque hasta que murió tuvo el beneficio de la jubilación.
También encontré a Juan Miguel Wolk, el responsable del Pozo de Banfield. Había sido condenado en 1986 en la Causa Camps , pero lo salvó la Ley de Obediencia Debida. Años después lo dieron oficialmente por muerto, pero yo trabajaba en la Cámara Electoral bonaerense y veía que Wolk seguía apareciendo en los padrones.
En la causa de mi hermano mandamos un oficio a la caja previsional de Policía para saber quién cobraba el beneficio de la pensión. Después de no contestar por mucho tiempo, casi dos tres años, con gran sorpresa contestaron que había cobrado en junio. Así descubrimos que Wolk estaba vivito y coleando en Mar del Plata, en el Bosque Peralta Ramos, era vecino de Miguel Etchecolatz.
Los sobrevivientes y los familiares fuimos quienes juntamos todas las pruebas y lo necesario para que se hicieran los juicios. También para encontrarlos, cosa que aún no hemos logrado. Fue una lucha de muchísimos años y cuesta creer que se estén por cumplir cincuenta años de ese golpe genocida. Hoy tengo 77 y sigo buscando a mi hermano, como a los 30 mil.
Si no hay castigo, la historia vuelve a repetirse. Hoy escucho cómo un policía mató a un chico que iba a jugar al fútbol e hirió a su amigo. El gatillo fácil nos sigue recordando que la Policía de Camps sigue entera por más que la modernicen. Es ésa policía que reprimió en Guernica y en tantos lados. Para no hablar de las fuerzas federales, que a las órdenes de Patricia Bullrich reprimen a jubilados y hacen lo que hicieron con Pablo Grillo.
Tenemos que luchar contra Javier Milei, pero también contra los cobardes y traidores. Si la reforma laboral y otras leyes contra el pueblo pasaron por el Congreso, también fue por ellos. Tenemos que fortalecer a nuestro Frente de Izquierda , que se incorpore más gente. Es un orgullo tener representantes que defienden de verdad los intereses del pueblo, tanto en las cámaras como en la calle.
Nuestra lucha siempre tiene que ser clara, precisa e inclaudicable. Así podemos mirar a todo el mundo de frente y sin haber traicionado nunca nuestros principios ni a nuestros familiares.
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Videla y Martínez de Hoz, los titiriteros de Javier Milei
22 de marzo, por A 50 años del Golpe — Política, Libertades Democráticas, Opinión, Lesa humanidad, Genocidio, Golpe de Estado, Dictadura cívico-militar-eclesiástica, Crímenes de lesa humanidad, Terrorismo de Estado, Jorge Rafael Videla, José Alfredo Martínez de Hoz, Javier Milei, Dictadura, A 50 años del Golpe, Memoria, 50 años del golpe de Estado de 1976, Política, Libertades Democráticas, Opinión, Lesa humanidad, Genocidio, Golpe de Estado, Dictadura cívico-militar-eclesiástica, Crímenes de lesa humanidad, Terrorismo de Estado, Jorge Rafael Videla, José Alfredo Martínez de Hoz, Javier Milei, Dictadura, A 50 años del Golpe, Memoria, 50 años del golpe de Estado de 1976
A 50 años del golpe de Estado de 1976, el recuerdo de algunos personajes nefastos que marcaron el sello ideológico del genocidio. El autor es periodista de La Retaguardia, exredactor y delegado de Página|12, Noticias Argentinas y Atlántida. Colaboró también en el periódico de las Madres de Plaza de Mayo.
A 50 años del 24 de marzo de 1976, siento la necesidad de volver a mis 26 años de entonces para contarle a las nuevas generaciones lo que significa para un joven perder el derecho a la libertad en el sentido más absoluto. Es perder la libertad de expresar tus ideas, es perder tu derecho a la participación política, gremial, estudiantil. Un golpe genocida como el de 1976 hizo que miles de jóvenes, mujeres y hombres perdieran el más preciado de los derechos: el derecho a la vida.
Hoy, desde el gobierno de Javier Milei y Victoria Villarruel se apela al negacionismo para impulsar el indulto a los genocidas condenados. Por eso es necesario recordar nombres propios de personajes nefastos que se definieron como tales con sus propias palabras. Ellos marcaron el sello ideológico del genocidio.
En octubre de 1975, antes de convertirse en dictador, el general Jorge Rafael Videla advirtió en una reunión de Ejércitos americanos: “Si es preciso, en Argentina deberán morir todas las personas necesarias para lograr la seguridad del país". Para Videla, el crimen era una “necesidad”.
El exgobernador de facto de la provincia de Buenos Aires, Ibérico Manuel Saint Jean, fue más preciso todavía: “Primero mataremos a todos los subversivos, luego mataremos a sus colaboradores, después a sus simpatizantes, enseguida a aquellos que permanecen indiferentes y finalmente mataremos a los tímidos". Ésa era la ideología de los ejecutores del genocidio.
Por encima de ellos, como gestor del golpe de Estado, estaba el poder económico, encarnado en José Alfredo Martínez de Hoz, ministro de Economía del régimen.
Icono de la burguesía, Martínez de Hoz reivindicó el genocidio: “Las guerras nunca se pelean con guantes blancos”, sostuvo, y admitió que se habían utilizado “métodos drásticos”, un eufemismo de los secuestros, las torturas y el exterminio.
Martínez de Hoz lo dijo el 20 de septiembre de 1978, en Estados Unidos, en respuesta a un integrante de Amnistía Internacional que preguntó sobre el destino de los desaparecidos (diario La Prensa del 21/9/78, citando un cable de la agencia UPI).Con el retorno de la democracia, en diciembre de 1983, se inició un largo camino lleno de obstáculos y traiciones al mandato popular. El “Nunca más” de la Conadep y el Juicio a las Juntas Militares fueron aplastados por el Punto Final y la Obediencia Debida de Raúl Alfonsín y los indultos de Carlos Menem.
La deuda externa y la dependencia se solidificaron con otro personaje nefasto, Domingo Cavallo, ministro de Economía de Menem y de Fernando de la Rúa.
Hay que recordar que un personaje clave de la crisis del 2001 fue Patricia Bullrich, ministra de Trabajo, Empleo y Formación de Recursos Humanos y de Seguridad Social del gobierno de la Alianza, encabezado por De la Rúa. Bullrich asumió en medio del escándalo de la Ley Banelco y le puso su firma a los recortes de los salarios estatales y a las jubilaciones.
Otro déficit de la democracia, en más de cuarenta años, es la siempre vigente violencia institucional hacia los sectores populares. Siguen las torturas en comisarías y cárceles, igual que el flagelo del “gatillo fácil” de las fuerzas de seguridad.
A partir del 2003, con los sucesivos gobiernos de Néstor y Cristina Kirchner se produjo el demorado retorno a los juicios por crímenes de lesa humanidad, un hecho positivo fruto de la resistencia popular encabezada por Madres y Abuelas de Plaza de Mayo.
De todas maneras, la economía siguió en bancarrota y la deuda externa continuó su marcha acelerada. El descrédito condujo al gobierno de Mauricio Macri, con Bullrich como ministra de “Seguridad”. La pandemia y Alberto Fernández hicieron el resto, para llegar al momento actual, con el gobierno más depredador, cipayo y autoritario de 1983 a la fecha.
Hoy, el presidente Milei, siguiendo el rumbo que le marcan los Caputo, Sturzenegger y el FMI, retomó el plan económico de Martínez de Hoz. Hoy se aplica la misma política que, a partir de 1976, destruyó la industria, elevó la desocupación a límites escandalosos y encadenó al país al cepo de la usura internacional con el crecimiento descomunal de la deuda externa. El pasado es presente en Argentina, con la evidente responsabilidad de los políticos tradicionales.
Vamos camino al desastre, pero la prensa canalla sigue vendiendo espejitos de colores. Esa línea editorial se consolidó en la dictadura, cuando Clarín, La Nación y La Razón recibieron como regalo la planta de Papel Prensa, inaugurada el 26 de septiembre de 1978.
En aquel acto, el dictador Videla afirmó: “Es menester que quien informa goce de entera libertad (…) Lo esencial es formar opinión con valor y coraje para decir todo lo que haya que decir, sin callar nada y sin faltar a la verdad. Pero a veces es indispensable callar y mantener un prudente silencio, cuando está en juego el bienestar común”.
Ese día, los grandes medios sepultaron la libertad de prensa. En el acto estuvieron presentes –y acataron la orden— Ernestina Herrera de Noble, Héctor Horacio Magnetto, Bartolomé Luis Mitre y Patricio Peralta Ramos. Clarín, La Nación y La Razón.
Como las historias se repiten, es necesario reivindicar y continuar la lucha de las Madres y Abuelas de Plaza de Mayo. Una senda que hoy están marcando las marchas de los miércoles en el Congreso, los jubilados, los trabajadores, las organizaciones feministas que nos están señalando el camino.
Y por supuesto, hay que seguir bancando a figuras como Myriam Bregman. Hay que luchar para dejar de lado las medias tintas, fortaleciendo a la izquierda y a todos los que, desde distintos ámbitos, seguimos el rumbo que nos marcaron los 30 mil detenidos-desaparecidos. Mantenernos unidos en la lucha para que sigan las condenas en los juicios por crímenes de lesa humanidad y para que se produzcan cambios profundos en lo político, lo económico y lo social.
La lucha conjunta fue la que permitió condenar, hasta hoy, a más de 1.200 genocidas. Ni un paso atrás.
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Medio siglo después, ¿qué rol nos cabe a las hijas e hijos de genocidas?
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A 50 años del golpe de Estado de 1976, una reflexión sobre el significado, personal y colectivo, de ese acontecimiento. La impunidad en democracia y la lucha del movimiento de derechos humanos. La autora es hija de Ricardo Lederer, obstetra y capitán del Ejército que condujo la maternidad clandestina en Campo de Mayo. Es cofundadora de Historias Desobedientes e integrante de la Red Desobediente.
La construcción de la impunidad
El Golpe de Estado del 24 de marzo de 1976 representa el lugar hacia el cual no queremos volver jamás. El recuerdo de la época más siniestra de la historia argentina sobre la que, en la actualidad, al parecer existe una tendencia, desde la construcción de sentido de los medios y políticas negacionistas, a intentar alcanzar un acercamiento a distintos epígonos de ese pasado oscuro.
Desde ya que esto no ha sido novedad. A lo largo de los años de democracia ha habido contradicciones, avances y retrocesos que tenían como trasfondo lograr la impunidad de los militares, enfrentándose siempre a la resistencia que, de una forma u otra, luchó por impedirlo. Esa resistencia también bregó por la memoria histórica basada en documentación y testimonios sostenidos en declaraciones de sobrevivientes y ventilados en los estrados de los juicios de lesa humanidad, así como también en archivos de documentación. Todo lo contrario a la creación de un mito como el que levantan los reivindicadores y negacionistas del genocidio.
Por mi corta edad hacia 1983, los recuerdos personales de la esfera política me resultan un poco difusos. No obstante, si bien tuvimos un inicial juicio a las Juntas militares, eso en definitiva inauguró una tensión, contraponiendo a los movimientos de derechos humanos, Madres y Abuelas de Plaza de Mayo primordialmente, a discernir qué tribunales los idóneos para llevar adelante los juicios: si los civiles o si el asunto debía ventilarse en el marco de la justicia militar.
La tensión se resolvió por la condena en el Poder Judicial (civil), pero sólo una condena casi acotada a las Juntas y ligeras sanciones hacia abajo, con la exoneración de responsabilidades prorrumpidas por las leyes de Punto Final y Obediencia Debida, promovidas por el gobierno de Raúl Alfonsín, y toda una serie de alzamientos de militares “carapintadas” en apoyo a la impunidad (cuyo programa hoy es recogido y remozado por la actual vicepresidenta, el Hada Madrina de los genocidas, Victoria Villarruel).
De esos alzamientos sí tengo un vívido recuerdo. Mi padre, si bien ya no pertenecía a las fuerzas, formó parte activa de los mismos. El poder de turno negoció, bajo el pretexto de “la casa está en orden”, la salida de aquella Ley de Obediencia Debida. Y así llegamos al menemato y su amnistía e indulto en toda la línea. Paradojalmente, Carlos Menem terminó con el servicio militar obligatorio, alineó a las Fuerzas Armadas a la política de la OTAN y los Estados Unidos y aceptó de manera incondicional todas las sugerencias que le fueron impartidas en ese sentido en un ámbito de “relaciones carnales” con el imperialismo.
El año 2001 marcó un hito, con el desplome del Plan de Convertibilidad y la política de restricciones y austeridad hacia los sectores obreros y populares. Las distintas fracciones burguesas intentaron recuperar las riendas del poder y, para ello, la que se impuso otorgó algunas concesiones al movimiento popular. Entre ellas, producto de la larga lucha, la anulación de los indultos y aquellas leyes de impunidad. Como contrapartida, la (en cierta forma imprescindible) cooptación de algunas estructuras, tanto del movimiento de derechos humanos como también del movimiento piquetero, guiados por aquellas concesiones.
Hoy día nos encontramos ante la impunidad biológica de muchos genocidas, porque la “justicia” resulta un freno para alcanzar a todos los represores imputados. A ello se suma la liberación de algunos otros que obtienen el beneficio procesal de la prisión domiciliaria. A esa virtual laxitud se aúna (porque no son escindiblesun importante saldo deudor o férrea contracara respecto de la criminalización de la protesta social, el uso de regímenes de leyes antiterroristas aplicados a los reclamos sociales cotidianos, la proliferación de la política de gatillo fácil (facilísimo) o la punibilidad de la adolescencia con regímenes como los recientemente sancionados.
Obviamente, desde 2015 se hizo más patente con el gobierno de Mauricio Macri, al hacer efectiva la devolución de favores al funcionariado genocida y represor que colaboró con el poder real (como decía la Carta Abierta de Rodolfo Walsh) y, de esta manera, vislumbrar la posibilidad de ralentizar los procesos judiciales o mediante artilugios jurídicos tratar de impugnar el carácter imprescriptible de los delitos de lesa humanidad, nombrando funcionarios cercanos a esas posiciones negacionistas.
No obstante, rescato como positiva toda la acción llevada adelante por las Abuelas de Plaza de Mayo, apuntaladas por el resto de los organismos de derechos humanos, partidos de izquierda y fuerzas democráticas, para lograr la restitución de identidad de casi un centenar y medio de quienes, al momento de su apropiación ilegal, eran niñas o niños y hoy, como adultos, han podido reencontrarse con sus familiares que pujaron por su búsqueda durante muchos años.
Lo concreto pareciera apuntar a que en la actualidad hay un pacto para salvar a las instituciones del régimen, aún a costa de que ello incluya la impunidad o la instalación de procederes antagónicos a las prácticas de guardar los debidos recados y formas constitucionales, es decir acentuando los rasgos bonapartistas.
Cuatro recuerdos
De estas décadas guardo cuatro recuerdos como los más significativos o emblemáticos. Dos de ellos ya los mencioné: el alzamiento carapintada, que me tocó de cerca por la participación de mi padre en el mismo; y el 2001, que abrió el camino para desandar la impunidad desembocando en la anulación de las leyes y la reapertura de las causas de lesa humanidad.
En ambos el movimiento popular fue protagonista. Mientras que en el primero fue desvirtuado por la representación político-partidaria del régimen (con excepción de la izquierda trotskista), en el segundo las masas pudieron saltar los límites que les imponían esas debilitadas y desprestigiadas representaciones .
Un tercer momento importante para mí fue la segunda desaparición de Jorge Julio López, testigo esencial para lograr la condena del genocida Miguel Etchecolatz. Ese hecho nos devolvió a una realidad parcialmente ausente, la de los desaparecidos en democracia.
Sin embargo, la participación de las hijas e hijos desobedientes como agrupamiento que expresa el repudio al accionar represivo de nuestros padres se tornó palmario a mediados de 2017, a partir de la movilización contra el “dos por uno” intentado por la Corte Suprema de Justicia de la Nación en el caso del genocida Luis Muiña. Allí, al calor de esa movilización, todas y todos los hijos desobedientes sufrimos un significativo salto en la conciencia que nos permitió asociarnos en agrupaciones para hacer pública nuestra disidencia y repudiar la conducta criminal llevada adelante por nuestros padres.
El grado de relevancia de esa movilización, a nuestro entender, se consolidó exhibiendo que el movimiento popular pudo al cabo de un día o pocas horas coordinar para hacerse presente en todas las calles del país para frenar y revertir ese verdadera provocación del Poder Judicial.
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Impugnar los mitos
Apelando a nuestra experiencia personal de hijas e hijos desobedientes (u obedientes al mandato de la conciencia societal) debo decir que, en muchos casos, la ética social finalmente termina sobreponiéndose al acuerdo mafioso de clanes como aquellos que indujeron a guardar secretos o reivindicar los hechos criminales en las familias de militares genocidas.
Como hijas e hijos de desobedientes creo que nuestro rol actual en esta coyuntura debe pasar por la delimitación del negacionismo y su consecuente reivindicación del genocidio que ostentan todos aquellos hijos obedientes que hoy pululan ejerciendo cargos en este gobierno, como el ministro de Defensa Carlos Presti o Villarruel (Las Fuerzas Armadas fueron las instituciones más corruptas de la historia argentina).
Desde nuestro rol debemos impugnar los mitos de aquellos obedientes a los clanes genocidas. Como la “continuidad de la línea histórica” entre el Ejército de Mayo o sanmartiniano con la banda de genocidas del Proceso que asoló nuestro país. Aquel Ejército en el que los genocidas y represores autopercibieron su identidad de existencia anterior a la Nación nos intenta confundir con su relato mesiánico que quieren volver a poner en circulación.
Los militares de 1976 integrantes de ese presunto estamento utilizan ese pretexto de rectores de la Patria para ser impunes a todo mandato de la sociedad civil e incluso eludir a la justicia en caso de aquellas y de futuras gestas represivas. Eso representa un miserable mito de la peor baja estofa y distorsión.
Nuestro accionar como hijas e hijos de desobedientes de genocidas debe materializarse en el basamento de la memoria histórica sustentada en los archivos de documentación que dan sobrada prueba y testimonios de sobrevivientes, pericias de antropólogos forenses y testigos en casos de lesa humanidad, por mencionar los más importantes, reivindicando la certeza de la existencia de los 30000 desaparecidos.
De esa forma se le da la espalda a la mitología prejuiciosa y reaccionaria, emparentada con las campañas de acción psicológica de 1976, que intentan volver a instalar para justificar la impunidad. Debemos bregar también por la conservación intacta de los sitios de memoria, la guarda y conservación de la documentación sensible de pruebas en los juicios de lesa humanidad y luchar por la reincorporación del personal de los ministerios encargados de su mantenimiento y puesta en valor.
Debemos desalentar nuestra propia farandulización como hijas e hijos de los victimarios de un genocidio y apuntar todo nuestro esfuerzo para ayudar a hacer circular y difundir la verdad y memoria históricas del genocidio argentino, evitando confundirnos con aquellos otros que abogan con desfachatez por el olvido y la reconciliación guiados por la lógica de clanes.
Nuestra denuncia del genocidio tampoco se circunscribe al caso argentino ni se agota con él, sino que debemos estar atentas y atentos denunciando el genocidio palestino en la Franja de Gaza a manos del ejército israelí y repudiando toda la acción imperial beligerante llevada adelante por los Estados Unidos y sus (hoy escasos) aliados.
Ya no es tiempo de intensificar nuestros relatos de desdichas familiares sino situarnos desde un discurso inserto en la conciencia social colectiva interpelando hacia los conflictos sociales y las luchas actuales desde la perspectiva de los derechos humanos, sin olvidar que el 24 de Marzo es una fecha conmemorativa que no debe transformarse en un hito folclórico cristalizado sólo en la dictadura cívico-militar-eclesiástica. Porque las luchas por los derechos humanos también aumentan, se intensifican y se actualizan.
Resulta imprescindible nuestra participación al lado de los explotados y oprimidos en las calles, mostrando que es con ellos con quienes queremos reforzar nuestro lazo social y nuestra solidaridad continua ante los ataques de este gobierno opresor, hambreador y negacionista.
Foto Fernando Lavoz Bustamante
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Que no haya tumba para la Verdad, aunque quieran esconderla y enterrarla
22 de marzo, por A 50 años del Golpe — Política, Libertades Democráticas, Opinión, Lesa humanidad, Genocidio, CeProDH (Centro de Profesionales por los Derechos Humanos), Golpe de Estado, Dictadura cívico-militar-eclesiástica, Crímenes de lesa humanidad, Terrorismo de Estado, Dictadura, A 50 años del Golpe, Memoria, 50 años del golpe de Estado de 1976, Política, Libertades Democráticas, Opinión, Lesa humanidad, Genocidio, CeProDH (Centro de Profesionales por los Derechos Humanos), Golpe de Estado, Dictadura cívico-militar-eclesiástica, Crímenes de lesa humanidad, Terrorismo de Estado, Dictadura, A 50 años del Golpe, Memoria, 50 años del golpe de Estado de 1976
Memoria, Verdad y Justicia, palabras que resuenan fuerte para rescatar a nuestros 30 mil. Recuerdos de cuando estaba “prohibido sufrir”. Levantar las banderas del socialismo, el mejor homenaje. Y un poema por ellos. La autora es hija de Manuel Daniel Carricondo y Graciela Cristina Verdecanna, desaparecidos en dictadura, militante socialista y delegada de la Junta Interna de ATE en la Legislatura bonaerense.
A cincuenta años del golpe, muchas sensaciones. Muchos yoes, muchos volver a nacer, volver a morir, volver a nacer y volver a morir. Cincuenta años donde las palabras Memoria, Verdad y Justicia suenan fuerte, resuenan en un eco profundo y pesan toneladas de bronca y de pasión.
Memoria para no olvidar, para volver a recordarlos una y otra y cada vez. A ellos, a los 30 mil, a sus sueños, a su lucha, a la de sus Madres, a la de sus Hijos, a la de los sobrevivientes, a los juicios, a los hermanos que falta encontrar.
Memoria para rescatarlos del olvido, para siempre. Y que no haya tumba para la Verdad, aunque lo quieran, aunque se encarguen gobierno tras gobierno de esconderla, de postergarla o de enterrarla.
La lucha por la Verdad es contarla, es transmitirla, es desenmascararla de los rostros de quienes la ocultan. Para que haya al fin Justicia y no sigamos sufriendo la herencia de la dictadura, sus planes de ajustes y su brutalidad.
Buscar la Justicia es lograr condenar a todos y cada uno de los genocidas y sus cómplices, civiles y eclesiásticos, que han seguido y siguen estando en funciones. Es lograr que mueran en la cárcel y no en sus casas, como lo hace hoy la inmensa mayoría de los condenados, con todas las comodidades que no han tenido sus víctimas. Es restituir la verdadera identidad a los hijos que nos falta encontrar. Es lograr que, para eso, abran los archivos que ningún gobierno quiso abrir y poder encontrar la respuesta al “¿dónde están los 30 mil?”
Justicia es lograr que se termine el negacionismo y que venzan nuestras luchas obreras y estudiantiles sin más persecuciones. Que nos organicemos para que esas tres palabras, Memoria, Verdad y Justicia suenen, resuenen, pesen y pisen cada vez más fuerte todos los días.
Cincuenta años. Muchas sensaciones. Muchos recuerdos. Muchos volver a nacer y volver a morir…
Siempre los busqué, siempre... y en cada lucha los encuentro, muy dentro mío*
“Papa y mamá volverán cargados de juguetes”, me decía la abuela ante mis inquietudes e incertidumbres de niña acerca de por qué no estaban. El relato acorde a mi edad era el ideal: papás trabajando en una juguetería en el sur. Lejos, muy lejos, ¡tan lejos! Esperaba junto a mis hermanas ese momento con tanta ansiedad, alegría y angustia contenida.
No se hablaba mucho, no se hablaba nada. Estaba prohibido sufrir y volver a sufrir. El silencio, el temor, la culpa de la palabra primaban. Y a veces la sensación de abandono. Cartas y cartas de amiguitas de la escuela donde me preguntaban por ellos eran quemadas a escondidas de mi abuela. No se tenía que hablar, no se debía sufrir más.
Ante el silencio, extendido en años, y la bulliciosa adolescencia que me incitaba a saber más (a saber algo), surgieron grandes aventuras desenfrenadas de búsqueda. Infructuosas todas.
El relato de la juguetería fue cambiando al ritmo de mi anatomía. Cuando ya no esperaba más juguetes, supe que a ellos, a mis viejos, unos “señores malos, que no estaban de acuerdo con sus ideales, se los llevaron”... dándole contenido así al término “desaparecidos”.
Llegaba a la universidad y crecían más los miedos. El silencio me envolvía más que nunca, no se debía hablar. A los centros de estudiantes los veía de lejos. El apellido “prohibido” era “peligroso”, según la abuela. La negación de la identidad era la que primaba ahora.
Las letras y la docencia fueron las primeras herramientas que me dieron la palabra. Claro que una vez que ella ya no estaba. Se fue sin volver a hablar, se fue sin volver a ver a su hijo y a su nuera. Y yo, yo empezaba a nacer.
Nací por primera vez en un aula con mis alumnos, de la mano de la literatura, a través de textos sobre dictadura que me ayudaban a hablar de mí, de nuestra historia.
La angustia y el dolor no se iban del todo. Nunca. Y nunca se irán. Nunca se irán, si me quitaron lo esencial de la vida. Un abrazo suyo, al mínimo llanto mío, las tediosas fotos de los padres el primer día de jardín, de primaria o de secundaria. Los peinados (¿lindos? ¿feos?) de mamá o de papá. La contención de ella en mis cambios hormonales, los retos de él en mis rebeldías adolescentes, o quizás hubiera sido a la inversa. La complicidad en mis travesuras, su compañía en mis tristezas.
Mis hijas también sufren su ausencia, les quitaron los apretujones de sus abuelos y el amor desmedido que seguramente les hubieran dado.
Siempre los busqué, siempre. Tan jóvenes como en sus últimas fotos, tan bellos como me contaron que eran.
Un día me di cuenta que nunca llegarían con la bolsa de juguetes desde tan lejos, que esos señores malos nunca me los devolverían, que los “desaparecidos” lo seguirían siendo. Lo siguen siendo. Que los abrazos a mis hijas nunca serían posibles más que en sueños. Ahí me propuse buscarlos de otra forma. Conocerlos, no sólo por sus fotos o anécdotas familiares, sino a través de sus ideales, de lo que soñaban.
Y comencé a militar. La militancia me salvó, lo dije siempre. Me hizo ver que no estaban tan lejos, sino dentro mío. En cada lucha los tengo cerca, en cada lucha vuelvo a nacer. Los veo en cada camarada que me acompaña, en cada trabajador que reclama, en cada joven que denuncia, en cada mujer que grita por sus derechos.
Ya no siento sus ausencias si levanto sus banderas, las del socialismo, cuando lucho con mis compañeros como ellos lucharon con los suyos por un mundo libre, sin oprimidos ni explotados. Me lleno de orgullo y de esperanza en cada camino recorrido junto a mis camaradas. Me explota el pecho de emoción cada vez que pisamos fuerte la gran plaza que alguna vez fue de ellos.
Por eso este 24 de marzo tenemos que ser más los que levantemos esas banderas, contra la impunidad de ayer y la de hoy, contra el gobierno negacionista de Javier Milei y sus cómplices opositores y su ajuste acompañado de represión.
Este 24 de marzo marchemos y ¡que tiemble la Plaza de Mayo! ¡Que se escuchen las 30 mil voces que intentó callar el genocidio! Pidamos cárcel común, perpetua y efectiva para todos los genocidas y que abran los archivos de la dictadura.
Demostremos que no han sido derrotados quienes lucharon por un mundo mejor. Un mundo en el que seamos “socialmente iguales, humanamente diferentes, y totalmente libres”.
Lloré por ellos, y por mí...
Lloré por los años que nos robaron...
Lloré por sus jóvenes ganas de cambiar el mundo...
Lloré por las horas de canciones que no escuché ni escucharé...
por las atrocidades que sufrieron...
por las noches en que traté de justificar mi esencia de huérfana...
Lloré
Amarga y pausadamente...
Y siento culpa de la bronca que alguna vez tuve,
y me brotan las ganas terribles de pedirles perdón por haber sentido ese odioso sentimiento de abandono...
Encontré la forma, viejos queridos...
Encarnando su lucha, sus sueños, los de aquellos “jóvenes utópicos” y los de estos “adultos románticos”.
Estoy de pie (no hace mucho)
En ustedes me apoyo, firme como un bastón tallado en una madera antigua, contra una pared de viento, rescatándolos del olvido...
para siempre...
No hay tumbas para la verdad...
ni debe haberlas...
Este 24 de marzo (y el resto de mis días)...
No olvido, no perdono, no me reconcilio(inspirado en la novela Los sapos de la memoria de Graciela Bialet... y en mi historia)
*El texto del segundo apartado fue originalmente publicado en 2017 en este sitio.
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La Memoria colectiva no es sólo recuerdo, es construcción constante para reafirmar nuestra lucha
22 de marzo, por A 50 años del Golpe — Política, Libertades Democráticas, Opinión, Lesa humanidad, CeProDH (Centro de Profesionales por los Derechos Humanos), Golpe de Estado, Dictadura cívico-militar-eclesiástica, Crímenes de lesa humanidad, Terrorismo de Estado, Dictadura, A 50 años del Golpe, Memoria, 50 años del golpe de Estado de 1976, Política, Libertades Democráticas, Opinión, Lesa humanidad, CeProDH (Centro de Profesionales por los Derechos Humanos), Golpe de Estado, Dictadura cívico-militar-eclesiástica, Crímenes de lesa humanidad, Terrorismo de Estado, Dictadura, A 50 años del Golpe, Memoria, 50 años del golpe de Estado de 1976
Es imprescindible sostener la memoria colectiva sobre los hechos de hace cincuenta años. Pero también sobre lo que hizo esta “democracia”, que mantiene impunes a los ideólogos y beneficiarios del genocidio. El autor es hijo de Néstor Miguel Roldán, detenido y desaparecido en Miramar en 1977; militante del PTS y miembro del Centro de Profesionales por los Derechos Humanos (CeProDH).
A cincuenta años de la última dictadura cívico-eclesiástico-militar, la más sangrienta de nuestra historia, resulta imprescindible sostener la memoria colectiva como herramienta de verdad y justicia.
Recordar no es un acto pasivo: es reafirmar la condena a los crímenes cometidos por las fuerzas represivas del Estado y sus ideólogos, entre ellos el gran empresariado local y el imperialismo yanqui. Es también continuar la búsqueda de cientos de nietas y nietos que siguen siendo víctimas del robo de su identidad.
De todo lo vivido guardo imágenes que se transformaron en símbolos. Recuerdo la celebración popular en 1983 ante el retorno de un gobierno constitucional. Un momento marcado por la esperanza de que todo cambiaría para mejor. Recuerdo el Juicio a las Juntas de 1985, que veíamos desde mi casa en un televisor en blanco y negro.
Recuerdo el levantamiento carapintada de 1987, especialmente esa imagen de miles de trabajadores, estudiantes y militantes dispuestos a enfrentarse a las armas y los tanques de los golpistas que querían más impunidad. Y las indignas leyes de Obediencia Debida y Punto Final, impulsadas por el radical Raúl Alfonsín como parte del pacto de impunidad. Igual de indignantes que los indultos firmados por el peronista Carlos Menem.
Aquella etapa de resistencia dio a luz, entre otras cosas, a la agrupación HIJOS, desde la que pusimos en pie la “visita” popular a las casas de los genocidas como práctica de visibilización social. Si no había justicia, que hubiera escrache.
Otro recuerdo. Diciembre de 2001. Las Madres de nuestros 30 mil enfrentando a la caballería de la Policía Federal que quería correrlas de su Plaza de Mayo, intentando hacer cumplir el nefasto estado de sitio firmado por Fernando de la Rúa. Desde siempre ellas mostrando el camino de la resistencia.
Todos esos recuerdos (y tantos más) conviven con el único recuerdo que conservo de mi papá: la vez que nos llevó, a mi hermana y a mí, al Parque Camet a andar en los cisnes de madera del lago. Si no hubiese sido secuestrado aquella madrugada del 26 de mayo de 1977, mi memoria guardaría muchos más momentos compartidos.
Medio siglo después, el desafío es transmitir estas experiencias a las nuevas generaciones. Ellas deben comprender que la memoria no es solo recuerdo, que “Nunca Más” no es una consigna del pasado, sino una construcción constante. Más aún en un presente donde desde la cúspide del poder político se reivindica a la dictadura y se siguen defendiendo los intereses de los mismos actores que impulsaron aquel golpe.
Hoy como ayer, son el imperialismo yanqui y el gran empresariado quienes están detrás del sometimiento al FMI, la reforma laboral y el ajuste sistemático de nuestras condiciones de vida. Contra ellos debemos seguir luchando, organizándonos de forma independiente hasta derrotarlos.
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