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Videla y Martínez de Hoz, los titiriteros de Javier Milei
22 de marzo, por A 50 años del Golpe — Política, Libertades Democráticas, Opinión, Lesa humanidad, Genocidio, Golpe de Estado, Dictadura cívico-militar-eclesiástica, Crímenes de lesa humanidad, Terrorismo de Estado, Jorge Rafael Videla, José Alfredo Martínez de Hoz, Javier Milei, Dictadura, A 50 años del Golpe, Memoria, 50 años del golpe de Estado de 1976, Política, Libertades Democráticas, Opinión, Lesa humanidad, Genocidio, Golpe de Estado, Dictadura cívico-militar-eclesiástica, Crímenes de lesa humanidad, Terrorismo de Estado, Jorge Rafael Videla, José Alfredo Martínez de Hoz, Javier Milei, Dictadura, A 50 años del Golpe, Memoria, 50 años del golpe de Estado de 1976
A 50 años del golpe de Estado de 1976, el recuerdo de algunos personajes nefastos que marcaron el sello ideológico del genocidio. El autor es periodista de La Retaguardia, exredactor y delegado de Página|12, Noticias Argentinas y Atlántida. Colaboró también en el periódico de las Madres de Plaza de Mayo.
A 50 años del 24 de marzo de 1976, siento la necesidad de volver a mis 26 años de entonces para contarle a las nuevas generaciones lo que significa para un joven perder el derecho a la libertad en el sentido más absoluto. Es perder la libertad de expresar tus ideas, es perder tu derecho a la participación política, gremial, estudiantil. Un golpe genocida como el de 1976 hizo que miles de jóvenes, mujeres y hombres perdieran el más preciado de los derechos: el derecho a la vida.
Hoy, desde el gobierno de Javier Milei y Victoria Villarruel se apela al negacionismo para impulsar el indulto a los genocidas condenados. Por eso es necesario recordar nombres propios de personajes nefastos que se definieron como tales con sus propias palabras. Ellos marcaron el sello ideológico del genocidio.
En octubre de 1975, antes de convertirse en dictador, el general Jorge Rafael Videla advirtió en una reunión de Ejércitos americanos: “Si es preciso, en Argentina deberán morir todas las personas necesarias para lograr la seguridad del país". Para Videla, el crimen era una “necesidad”.
El exgobernador de facto de la provincia de Buenos Aires, Ibérico Manuel Saint Jean, fue más preciso todavía: “Primero mataremos a todos los subversivos, luego mataremos a sus colaboradores, después a sus simpatizantes, enseguida a aquellos que permanecen indiferentes y finalmente mataremos a los tímidos". Ésa era la ideología de los ejecutores del genocidio.
Por encima de ellos, como gestor del golpe de Estado, estaba el poder económico, encarnado en José Alfredo Martínez de Hoz, ministro de Economía del régimen.
Icono de la burguesía, Martínez de Hoz reivindicó el genocidio: “Las guerras nunca se pelean con guantes blancos”, sostuvo, y admitió que se habían utilizado “métodos drásticos”, un eufemismo de los secuestros, las torturas y el exterminio.
Martínez de Hoz lo dijo el 20 de septiembre de 1978, en Estados Unidos, en respuesta a un integrante de Amnistía Internacional que preguntó sobre el destino de los desaparecidos (diario La Prensa del 21/9/78, citando un cable de la agencia UPI).Con el retorno de la democracia, en diciembre de 1983, se inició un largo camino lleno de obstáculos y traiciones al mandato popular. El “Nunca más” de la Conadep y el Juicio a las Juntas Militares fueron aplastados por el Punto Final y la Obediencia Debida de Raúl Alfonsín y los indultos de Carlos Menem.
La deuda externa y la dependencia se solidificaron con otro personaje nefasto, Domingo Cavallo, ministro de Economía de Menem y de Fernando de la Rúa.
Hay que recordar que un personaje clave de la crisis del 2001 fue Patricia Bullrich, ministra de Trabajo, Empleo y Formación de Recursos Humanos y de Seguridad Social del gobierno de la Alianza, encabezado por De la Rúa. Bullrich asumió en medio del escándalo de la Ley Banelco y le puso su firma a los recortes de los salarios estatales y a las jubilaciones.
Otro déficit de la democracia, en más de cuarenta años, es la siempre vigente violencia institucional hacia los sectores populares. Siguen las torturas en comisarías y cárceles, igual que el flagelo del “gatillo fácil” de las fuerzas de seguridad.
A partir del 2003, con los sucesivos gobiernos de Néstor y Cristina Kirchner se produjo el demorado retorno a los juicios por crímenes de lesa humanidad, un hecho positivo fruto de la resistencia popular encabezada por Madres y Abuelas de Plaza de Mayo.
De todas maneras, la economía siguió en bancarrota y la deuda externa continuó su marcha acelerada. El descrédito condujo al gobierno de Mauricio Macri, con Bullrich como ministra de “Seguridad”. La pandemia y Alberto Fernández hicieron el resto, para llegar al momento actual, con el gobierno más depredador, cipayo y autoritario de 1983 a la fecha.
Hoy, el presidente Milei, siguiendo el rumbo que le marcan los Caputo, Sturzenegger y el FMI, retomó el plan económico de Martínez de Hoz. Hoy se aplica la misma política que, a partir de 1976, destruyó la industria, elevó la desocupación a límites escandalosos y encadenó al país al cepo de la usura internacional con el crecimiento descomunal de la deuda externa. El pasado es presente en Argentina, con la evidente responsabilidad de los políticos tradicionales.
Vamos camino al desastre, pero la prensa canalla sigue vendiendo espejitos de colores. Esa línea editorial se consolidó en la dictadura, cuando Clarín, La Nación y La Razón recibieron como regalo la planta de Papel Prensa, inaugurada el 26 de septiembre de 1978.
En aquel acto, el dictador Videla afirmó: “Es menester que quien informa goce de entera libertad (…) Lo esencial es formar opinión con valor y coraje para decir todo lo que haya que decir, sin callar nada y sin faltar a la verdad. Pero a veces es indispensable callar y mantener un prudente silencio, cuando está en juego el bienestar común”.
Ese día, los grandes medios sepultaron la libertad de prensa. En el acto estuvieron presentes –y acataron la orden— Ernestina Herrera de Noble, Héctor Horacio Magnetto, Bartolomé Luis Mitre y Patricio Peralta Ramos. Clarín, La Nación y La Razón.
Como las historias se repiten, es necesario reivindicar y continuar la lucha de las Madres y Abuelas de Plaza de Mayo. Una senda que hoy están marcando las marchas de los miércoles en el Congreso, los jubilados, los trabajadores, las organizaciones feministas que nos están señalando el camino.
Y por supuesto, hay que seguir bancando a figuras como Myriam Bregman. Hay que luchar para dejar de lado las medias tintas, fortaleciendo a la izquierda y a todos los que, desde distintos ámbitos, seguimos el rumbo que nos marcaron los 30 mil detenidos-desaparecidos. Mantenernos unidos en la lucha para que sigan las condenas en los juicios por crímenes de lesa humanidad y para que se produzcan cambios profundos en lo político, lo económico y lo social.
La lucha conjunta fue la que permitió condenar, hasta hoy, a más de 1.200 genocidas. Ni un paso atrás.
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Medio siglo después, ¿qué rol nos cabe a las hijas e hijos de genocidas?
22 de marzo, por A 50 años del Golpe — Política, Libertades Democráticas, Opinión, Lesa humanidad, Genocidio, Jorge Julio López, Impunidad, Golpe de Estado, Dictadura cívico-militar-eclesiástica, Miguel Etchecolatz, Crímenes de lesa humanidad, Genocidas, Terrorismo de Estado, Dictadura, A 50 años del Golpe, Negacionismo , Memoria, 50 años del golpe de Estado de 1976, Política, Libertades Democráticas, Opinión, Lesa humanidad, Genocidio, Jorge Julio López, Impunidad, Golpe de Estado, Dictadura cívico-militar-eclesiástica, Miguel Etchecolatz, Crímenes de lesa humanidad, Genocidas, Terrorismo de Estado, Dictadura, A 50 años del Golpe, Negacionismo , Memoria, 50 años del golpe de Estado de 1976
A 50 años del golpe de Estado de 1976, una reflexión sobre el significado, personal y colectivo, de ese acontecimiento. La impunidad en democracia y la lucha del movimiento de derechos humanos. La autora es hija de Ricardo Lederer, obstetra y capitán del Ejército que condujo la maternidad clandestina en Campo de Mayo. Es cofundadora de Historias Desobedientes e integrante de la Red Desobediente.
La construcción de la impunidad
El Golpe de Estado del 24 de marzo de 1976 representa el lugar hacia el cual no queremos volver jamás. El recuerdo de la época más siniestra de la historia argentina sobre la que, en la actualidad, al parecer existe una tendencia, desde la construcción de sentido de los medios y políticas negacionistas, a intentar alcanzar un acercamiento a distintos epígonos de ese pasado oscuro.
Desde ya que esto no ha sido novedad. A lo largo de los años de democracia ha habido contradicciones, avances y retrocesos que tenían como trasfondo lograr la impunidad de los militares, enfrentándose siempre a la resistencia que, de una forma u otra, luchó por impedirlo. Esa resistencia también bregó por la memoria histórica basada en documentación y testimonios sostenidos en declaraciones de sobrevivientes y ventilados en los estrados de los juicios de lesa humanidad, así como también en archivos de documentación. Todo lo contrario a la creación de un mito como el que levantan los reivindicadores y negacionistas del genocidio.
Por mi corta edad hacia 1983, los recuerdos personales de la esfera política me resultan un poco difusos. No obstante, si bien tuvimos un inicial juicio a las Juntas militares, eso en definitiva inauguró una tensión, contraponiendo a los movimientos de derechos humanos, Madres y Abuelas de Plaza de Mayo primordialmente, a discernir qué tribunales los idóneos para llevar adelante los juicios: si los civiles o si el asunto debía ventilarse en el marco de la justicia militar.
La tensión se resolvió por la condena en el Poder Judicial (civil), pero sólo una condena casi acotada a las Juntas y ligeras sanciones hacia abajo, con la exoneración de responsabilidades prorrumpidas por las leyes de Punto Final y Obediencia Debida, promovidas por el gobierno de Raúl Alfonsín, y toda una serie de alzamientos de militares “carapintadas” en apoyo a la impunidad (cuyo programa hoy es recogido y remozado por la actual vicepresidenta, el Hada Madrina de los genocidas, Victoria Villarruel).
De esos alzamientos sí tengo un vívido recuerdo. Mi padre, si bien ya no pertenecía a las fuerzas, formó parte activa de los mismos. El poder de turno negoció, bajo el pretexto de “la casa está en orden”, la salida de aquella Ley de Obediencia Debida. Y así llegamos al menemato y su amnistía e indulto en toda la línea. Paradojalmente, Carlos Menem terminó con el servicio militar obligatorio, alineó a las Fuerzas Armadas a la política de la OTAN y los Estados Unidos y aceptó de manera incondicional todas las sugerencias que le fueron impartidas en ese sentido en un ámbito de “relaciones carnales” con el imperialismo.
El año 2001 marcó un hito, con el desplome del Plan de Convertibilidad y la política de restricciones y austeridad hacia los sectores obreros y populares. Las distintas fracciones burguesas intentaron recuperar las riendas del poder y, para ello, la que se impuso otorgó algunas concesiones al movimiento popular. Entre ellas, producto de la larga lucha, la anulación de los indultos y aquellas leyes de impunidad. Como contrapartida, la (en cierta forma imprescindible) cooptación de algunas estructuras, tanto del movimiento de derechos humanos como también del movimiento piquetero, guiados por aquellas concesiones.
Hoy día nos encontramos ante la impunidad biológica de muchos genocidas, porque la “justicia” resulta un freno para alcanzar a todos los represores imputados. A ello se suma la liberación de algunos otros que obtienen el beneficio procesal de la prisión domiciliaria. A esa virtual laxitud se aúna (porque no son escindiblesun importante saldo deudor o férrea contracara respecto de la criminalización de la protesta social, el uso de regímenes de leyes antiterroristas aplicados a los reclamos sociales cotidianos, la proliferación de la política de gatillo fácil (facilísimo) o la punibilidad de la adolescencia con regímenes como los recientemente sancionados.
Obviamente, desde 2015 se hizo más patente con el gobierno de Mauricio Macri, al hacer efectiva la devolución de favores al funcionariado genocida y represor que colaboró con el poder real (como decía la Carta Abierta de Rodolfo Walsh) y, de esta manera, vislumbrar la posibilidad de ralentizar los procesos judiciales o mediante artilugios jurídicos tratar de impugnar el carácter imprescriptible de los delitos de lesa humanidad, nombrando funcionarios cercanos a esas posiciones negacionistas.
No obstante, rescato como positiva toda la acción llevada adelante por las Abuelas de Plaza de Mayo, apuntaladas por el resto de los organismos de derechos humanos, partidos de izquierda y fuerzas democráticas, para lograr la restitución de identidad de casi un centenar y medio de quienes, al momento de su apropiación ilegal, eran niñas o niños y hoy, como adultos, han podido reencontrarse con sus familiares que pujaron por su búsqueda durante muchos años.
Lo concreto pareciera apuntar a que en la actualidad hay un pacto para salvar a las instituciones del régimen, aún a costa de que ello incluya la impunidad o la instalación de procederes antagónicos a las prácticas de guardar los debidos recados y formas constitucionales, es decir acentuando los rasgos bonapartistas.
Cuatro recuerdos
De estas décadas guardo cuatro recuerdos como los más significativos o emblemáticos. Dos de ellos ya los mencioné: el alzamiento carapintada, que me tocó de cerca por la participación de mi padre en el mismo; y el 2001, que abrió el camino para desandar la impunidad desembocando en la anulación de las leyes y la reapertura de las causas de lesa humanidad.
En ambos el movimiento popular fue protagonista. Mientras que en el primero fue desvirtuado por la representación político-partidaria del régimen (con excepción de la izquierda trotskista), en el segundo las masas pudieron saltar los límites que les imponían esas debilitadas y desprestigiadas representaciones .
Un tercer momento importante para mí fue la segunda desaparición de Jorge Julio López, testigo esencial para lograr la condena del genocida Miguel Etchecolatz. Ese hecho nos devolvió a una realidad parcialmente ausente, la de los desaparecidos en democracia.
Sin embargo, la participación de las hijas e hijos desobedientes como agrupamiento que expresa el repudio al accionar represivo de nuestros padres se tornó palmario a mediados de 2017, a partir de la movilización contra el “dos por uno” intentado por la Corte Suprema de Justicia de la Nación en el caso del genocida Luis Muiña. Allí, al calor de esa movilización, todas y todos los hijos desobedientes sufrimos un significativo salto en la conciencia que nos permitió asociarnos en agrupaciones para hacer pública nuestra disidencia y repudiar la conducta criminal llevada adelante por nuestros padres.
El grado de relevancia de esa movilización, a nuestro entender, se consolidó exhibiendo que el movimiento popular pudo al cabo de un día o pocas horas coordinar para hacerse presente en todas las calles del país para frenar y revertir ese verdadera provocación del Poder Judicial.
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Impugnar los mitos
Apelando a nuestra experiencia personal de hijas e hijos desobedientes (u obedientes al mandato de la conciencia societal) debo decir que, en muchos casos, la ética social finalmente termina sobreponiéndose al acuerdo mafioso de clanes como aquellos que indujeron a guardar secretos o reivindicar los hechos criminales en las familias de militares genocidas.
Como hijas e hijos de desobedientes creo que nuestro rol actual en esta coyuntura debe pasar por la delimitación del negacionismo y su consecuente reivindicación del genocidio que ostentan todos aquellos hijos obedientes que hoy pululan ejerciendo cargos en este gobierno, como el ministro de Defensa Carlos Presti o Villarruel (Las Fuerzas Armadas fueron las instituciones más corruptas de la historia argentina).
Desde nuestro rol debemos impugnar los mitos de aquellos obedientes a los clanes genocidas. Como la “continuidad de la línea histórica” entre el Ejército de Mayo o sanmartiniano con la banda de genocidas del Proceso que asoló nuestro país. Aquel Ejército en el que los genocidas y represores autopercibieron su identidad de existencia anterior a la Nación nos intenta confundir con su relato mesiánico que quieren volver a poner en circulación.
Los militares de 1976 integrantes de ese presunto estamento utilizan ese pretexto de rectores de la Patria para ser impunes a todo mandato de la sociedad civil e incluso eludir a la justicia en caso de aquellas y de futuras gestas represivas. Eso representa un miserable mito de la peor baja estofa y distorsión.
Nuestro accionar como hijas e hijos de desobedientes de genocidas debe materializarse en el basamento de la memoria histórica sustentada en los archivos de documentación que dan sobrada prueba y testimonios de sobrevivientes, pericias de antropólogos forenses y testigos en casos de lesa humanidad, por mencionar los más importantes, reivindicando la certeza de la existencia de los 30000 desaparecidos.
De esa forma se le da la espalda a la mitología prejuiciosa y reaccionaria, emparentada con las campañas de acción psicológica de 1976, que intentan volver a instalar para justificar la impunidad. Debemos bregar también por la conservación intacta de los sitios de memoria, la guarda y conservación de la documentación sensible de pruebas en los juicios de lesa humanidad y luchar por la reincorporación del personal de los ministerios encargados de su mantenimiento y puesta en valor.
Debemos desalentar nuestra propia farandulización como hijas e hijos de los victimarios de un genocidio y apuntar todo nuestro esfuerzo para ayudar a hacer circular y difundir la verdad y memoria históricas del genocidio argentino, evitando confundirnos con aquellos otros que abogan con desfachatez por el olvido y la reconciliación guiados por la lógica de clanes.
Nuestra denuncia del genocidio tampoco se circunscribe al caso argentino ni se agota con él, sino que debemos estar atentas y atentos denunciando el genocidio palestino en la Franja de Gaza a manos del ejército israelí y repudiando toda la acción imperial beligerante llevada adelante por los Estados Unidos y sus (hoy escasos) aliados.
Ya no es tiempo de intensificar nuestros relatos de desdichas familiares sino situarnos desde un discurso inserto en la conciencia social colectiva interpelando hacia los conflictos sociales y las luchas actuales desde la perspectiva de los derechos humanos, sin olvidar que el 24 de Marzo es una fecha conmemorativa que no debe transformarse en un hito folclórico cristalizado sólo en la dictadura cívico-militar-eclesiástica. Porque las luchas por los derechos humanos también aumentan, se intensifican y se actualizan.
Resulta imprescindible nuestra participación al lado de los explotados y oprimidos en las calles, mostrando que es con ellos con quienes queremos reforzar nuestro lazo social y nuestra solidaridad continua ante los ataques de este gobierno opresor, hambreador y negacionista.
Foto Fernando Lavoz Bustamante
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Que no haya tumba para la Verdad, aunque quieran esconderla y enterrarla
22 de marzo, por A 50 años del Golpe — Política, Libertades Democráticas, Opinión, Lesa humanidad, Genocidio, CeProDH (Centro de Profesionales por los Derechos Humanos), Golpe de Estado, Dictadura cívico-militar-eclesiástica, Crímenes de lesa humanidad, Terrorismo de Estado, Dictadura, A 50 años del Golpe, Memoria, 50 años del golpe de Estado de 1976, Política, Libertades Democráticas, Opinión, Lesa humanidad, Genocidio, CeProDH (Centro de Profesionales por los Derechos Humanos), Golpe de Estado, Dictadura cívico-militar-eclesiástica, Crímenes de lesa humanidad, Terrorismo de Estado, Dictadura, A 50 años del Golpe, Memoria, 50 años del golpe de Estado de 1976
Memoria, Verdad y Justicia, palabras que resuenan fuerte para rescatar a nuestros 30 mil. Recuerdos de cuando estaba “prohibido sufrir”. Levantar las banderas del socialismo, el mejor homenaje. Y un poema por ellos. La autora es hija de Manuel Daniel Carricondo y Graciela Cristina Verdecanna, desaparecidos en dictadura, militante socialista y delegada de la Junta Interna de ATE en la Legislatura bonaerense.
A cincuenta años del golpe, muchas sensaciones. Muchos yoes, muchos volver a nacer, volver a morir, volver a nacer y volver a morir. Cincuenta años donde las palabras Memoria, Verdad y Justicia suenan fuerte, resuenan en un eco profundo y pesan toneladas de bronca y de pasión.
Memoria para no olvidar, para volver a recordarlos una y otra y cada vez. A ellos, a los 30 mil, a sus sueños, a su lucha, a la de sus Madres, a la de sus Hijos, a la de los sobrevivientes, a los juicios, a los hermanos que falta encontrar.
Memoria para rescatarlos del olvido, para siempre. Y que no haya tumba para la Verdad, aunque lo quieran, aunque se encarguen gobierno tras gobierno de esconderla, de postergarla o de enterrarla.
La lucha por la Verdad es contarla, es transmitirla, es desenmascararla de los rostros de quienes la ocultan. Para que haya al fin Justicia y no sigamos sufriendo la herencia de la dictadura, sus planes de ajustes y su brutalidad.
Buscar la Justicia es lograr condenar a todos y cada uno de los genocidas y sus cómplices, civiles y eclesiásticos, que han seguido y siguen estando en funciones. Es lograr que mueran en la cárcel y no en sus casas, como lo hace hoy la inmensa mayoría de los condenados, con todas las comodidades que no han tenido sus víctimas. Es restituir la verdadera identidad a los hijos que nos falta encontrar. Es lograr que, para eso, abran los archivos que ningún gobierno quiso abrir y poder encontrar la respuesta al “¿dónde están los 30 mil?”
Justicia es lograr que se termine el negacionismo y que venzan nuestras luchas obreras y estudiantiles sin más persecuciones. Que nos organicemos para que esas tres palabras, Memoria, Verdad y Justicia suenen, resuenen, pesen y pisen cada vez más fuerte todos los días.
Cincuenta años. Muchas sensaciones. Muchos recuerdos. Muchos volver a nacer y volver a morir…
Siempre los busqué, siempre... y en cada lucha los encuentro, muy dentro mío*
“Papa y mamá volverán cargados de juguetes”, me decía la abuela ante mis inquietudes e incertidumbres de niña acerca de por qué no estaban. El relato acorde a mi edad era el ideal: papás trabajando en una juguetería en el sur. Lejos, muy lejos, ¡tan lejos! Esperaba junto a mis hermanas ese momento con tanta ansiedad, alegría y angustia contenida.
No se hablaba mucho, no se hablaba nada. Estaba prohibido sufrir y volver a sufrir. El silencio, el temor, la culpa de la palabra primaban. Y a veces la sensación de abandono. Cartas y cartas de amiguitas de la escuela donde me preguntaban por ellos eran quemadas a escondidas de mi abuela. No se tenía que hablar, no se debía sufrir más.
Ante el silencio, extendido en años, y la bulliciosa adolescencia que me incitaba a saber más (a saber algo), surgieron grandes aventuras desenfrenadas de búsqueda. Infructuosas todas.
El relato de la juguetería fue cambiando al ritmo de mi anatomía. Cuando ya no esperaba más juguetes, supe que a ellos, a mis viejos, unos “señores malos, que no estaban de acuerdo con sus ideales, se los llevaron”... dándole contenido así al término “desaparecidos”.
Llegaba a la universidad y crecían más los miedos. El silencio me envolvía más que nunca, no se debía hablar. A los centros de estudiantes los veía de lejos. El apellido “prohibido” era “peligroso”, según la abuela. La negación de la identidad era la que primaba ahora.
Las letras y la docencia fueron las primeras herramientas que me dieron la palabra. Claro que una vez que ella ya no estaba. Se fue sin volver a hablar, se fue sin volver a ver a su hijo y a su nuera. Y yo, yo empezaba a nacer.
Nací por primera vez en un aula con mis alumnos, de la mano de la literatura, a través de textos sobre dictadura que me ayudaban a hablar de mí, de nuestra historia.
La angustia y el dolor no se iban del todo. Nunca. Y nunca se irán. Nunca se irán, si me quitaron lo esencial de la vida. Un abrazo suyo, al mínimo llanto mío, las tediosas fotos de los padres el primer día de jardín, de primaria o de secundaria. Los peinados (¿lindos? ¿feos?) de mamá o de papá. La contención de ella en mis cambios hormonales, los retos de él en mis rebeldías adolescentes, o quizás hubiera sido a la inversa. La complicidad en mis travesuras, su compañía en mis tristezas.
Mis hijas también sufren su ausencia, les quitaron los apretujones de sus abuelos y el amor desmedido que seguramente les hubieran dado.
Siempre los busqué, siempre. Tan jóvenes como en sus últimas fotos, tan bellos como me contaron que eran.
Un día me di cuenta que nunca llegarían con la bolsa de juguetes desde tan lejos, que esos señores malos nunca me los devolverían, que los “desaparecidos” lo seguirían siendo. Lo siguen siendo. Que los abrazos a mis hijas nunca serían posibles más que en sueños. Ahí me propuse buscarlos de otra forma. Conocerlos, no sólo por sus fotos o anécdotas familiares, sino a través de sus ideales, de lo que soñaban.
Y comencé a militar. La militancia me salvó, lo dije siempre. Me hizo ver que no estaban tan lejos, sino dentro mío. En cada lucha los tengo cerca, en cada lucha vuelvo a nacer. Los veo en cada camarada que me acompaña, en cada trabajador que reclama, en cada joven que denuncia, en cada mujer que grita por sus derechos.
Ya no siento sus ausencias si levanto sus banderas, las del socialismo, cuando lucho con mis compañeros como ellos lucharon con los suyos por un mundo libre, sin oprimidos ni explotados. Me lleno de orgullo y de esperanza en cada camino recorrido junto a mis camaradas. Me explota el pecho de emoción cada vez que pisamos fuerte la gran plaza que alguna vez fue de ellos.
Por eso este 24 de marzo tenemos que ser más los que levantemos esas banderas, contra la impunidad de ayer y la de hoy, contra el gobierno negacionista de Javier Milei y sus cómplices opositores y su ajuste acompañado de represión.
Este 24 de marzo marchemos y ¡que tiemble la Plaza de Mayo! ¡Que se escuchen las 30 mil voces que intentó callar el genocidio! Pidamos cárcel común, perpetua y efectiva para todos los genocidas y que abran los archivos de la dictadura.
Demostremos que no han sido derrotados quienes lucharon por un mundo mejor. Un mundo en el que seamos “socialmente iguales, humanamente diferentes, y totalmente libres”.
Lloré por ellos, y por mí...
Lloré por los años que nos robaron...
Lloré por sus jóvenes ganas de cambiar el mundo...
Lloré por las horas de canciones que no escuché ni escucharé...
por las atrocidades que sufrieron...
por las noches en que traté de justificar mi esencia de huérfana...
Lloré
Amarga y pausadamente...
Y siento culpa de la bronca que alguna vez tuve,
y me brotan las ganas terribles de pedirles perdón por haber sentido ese odioso sentimiento de abandono...
Encontré la forma, viejos queridos...
Encarnando su lucha, sus sueños, los de aquellos “jóvenes utópicos” y los de estos “adultos románticos”.
Estoy de pie (no hace mucho)
En ustedes me apoyo, firme como un bastón tallado en una madera antigua, contra una pared de viento, rescatándolos del olvido...
para siempre...
No hay tumbas para la verdad...
ni debe haberlas...
Este 24 de marzo (y el resto de mis días)...
No olvido, no perdono, no me reconcilio(inspirado en la novela Los sapos de la memoria de Graciela Bialet... y en mi historia)
*El texto del segundo apartado fue originalmente publicado en 2017 en este sitio.
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La Memoria colectiva no es sólo recuerdo, es construcción constante para reafirmar nuestra lucha
22 de marzo, por A 50 años del Golpe — Política, Libertades Democráticas, Opinión, Lesa humanidad, CeProDH (Centro de Profesionales por los Derechos Humanos), Golpe de Estado, Dictadura cívico-militar-eclesiástica, Crímenes de lesa humanidad, Terrorismo de Estado, Dictadura, A 50 años del Golpe, Memoria, 50 años del golpe de Estado de 1976, Política, Libertades Democráticas, Opinión, Lesa humanidad, CeProDH (Centro de Profesionales por los Derechos Humanos), Golpe de Estado, Dictadura cívico-militar-eclesiástica, Crímenes de lesa humanidad, Terrorismo de Estado, Dictadura, A 50 años del Golpe, Memoria, 50 años del golpe de Estado de 1976
Es imprescindible sostener la memoria colectiva sobre los hechos de hace cincuenta años. Pero también sobre lo que hizo esta “democracia”, que mantiene impunes a los ideólogos y beneficiarios del genocidio. El autor es hijo de Néstor Miguel Roldán, detenido y desaparecido en Miramar en 1977; militante del PTS y miembro del Centro de Profesionales por los Derechos Humanos (CeProDH).
A cincuenta años de la última dictadura cívico-eclesiástico-militar, la más sangrienta de nuestra historia, resulta imprescindible sostener la memoria colectiva como herramienta de verdad y justicia.
Recordar no es un acto pasivo: es reafirmar la condena a los crímenes cometidos por las fuerzas represivas del Estado y sus ideólogos, entre ellos el gran empresariado local y el imperialismo yanqui. Es también continuar la búsqueda de cientos de nietas y nietos que siguen siendo víctimas del robo de su identidad.
De todo lo vivido guardo imágenes que se transformaron en símbolos. Recuerdo la celebración popular en 1983 ante el retorno de un gobierno constitucional. Un momento marcado por la esperanza de que todo cambiaría para mejor. Recuerdo el Juicio a las Juntas de 1985, que veíamos desde mi casa en un televisor en blanco y negro.
Recuerdo el levantamiento carapintada de 1987, especialmente esa imagen de miles de trabajadores, estudiantes y militantes dispuestos a enfrentarse a las armas y los tanques de los golpistas que querían más impunidad. Y las indignas leyes de Obediencia Debida y Punto Final, impulsadas por el radical Raúl Alfonsín como parte del pacto de impunidad. Igual de indignantes que los indultos firmados por el peronista Carlos Menem.
Aquella etapa de resistencia dio a luz, entre otras cosas, a la agrupación HIJOS, desde la que pusimos en pie la “visita” popular a las casas de los genocidas como práctica de visibilización social. Si no había justicia, que hubiera escrache.
Otro recuerdo. Diciembre de 2001. Las Madres de nuestros 30 mil enfrentando a la caballería de la Policía Federal que quería correrlas de su Plaza de Mayo, intentando hacer cumplir el nefasto estado de sitio firmado por Fernando de la Rúa. Desde siempre ellas mostrando el camino de la resistencia.
Todos esos recuerdos (y tantos más) conviven con el único recuerdo que conservo de mi papá: la vez que nos llevó, a mi hermana y a mí, al Parque Camet a andar en los cisnes de madera del lago. Si no hubiese sido secuestrado aquella madrugada del 26 de mayo de 1977, mi memoria guardaría muchos más momentos compartidos.
Medio siglo después, el desafío es transmitir estas experiencias a las nuevas generaciones. Ellas deben comprender que la memoria no es solo recuerdo, que “Nunca Más” no es una consigna del pasado, sino una construcción constante. Más aún en un presente donde desde la cúspide del poder político se reivindica a la dictadura y se siguen defendiendo los intereses de los mismos actores que impulsaron aquel golpe.
Hoy como ayer, son el imperialismo yanqui y el gran empresariado quienes están detrás del sometimiento al FMI, la reforma laboral y el ajuste sistemático de nuestras condiciones de vida. Contra ellos debemos seguir luchando, organizándonos de forma independiente hasta derrotarlos.
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Hebe de Bonafini, su lucha y su camino
21 de marzo, por Pioneras contra el golpe — Política, Libertades Democráticas, Genocidio, Dictadura cívico-militar-eclesiástica, Hebe de Bonafini, 50 años del golpe de Estado de 1976, Política, Libertades Democráticas, Genocidio, Dictadura cívico-militar-eclesiástica, Hebe de Bonafini, 50 años del golpe de Estado de 1976
Desde 1977, cuando comenzaron las rondas en la Plaza, su nombre quedó ligado a una lucha llena de enseñanzas para el presente, que no se limitó a denunciar a la dictadura, sino que también confrontó con los poderes políticos posteriores cuando entendió que la justicia era incompleta, hasta el gobierno de Néstor Kirchner.
A casi medio siglo del inicio de las rondas de las Madres de Plaza de Mayo, la figura de Hebe de Bonafini vuelve a adquirir una fuerza singular en la historia argentina. Su vida condensa una experiencia que atraviesa la dictadura militar, la transición democrática y los años de impunidad que siguieron. Fundadora de las Madres de Plaza de Mayo, su voz y su lucha fue durante décadas una de las más persistentes en la búsqueda de los 30.000 desaparecidos y desaparecidas.
Los setenta: revolución e injusticia
Antes de que la tragedia golpeara su casa, Hebe de Bonafini, nacida en Ensenada cerca de La Plata, era una mujer para quien la política solo pasaba por el apoyo cariñoso hacia sus hijos.
Recordaba haber vivido en los años previos a 1976 con una sensación difusa de inquietud. Sus hijos crecieron en un clima político atravesado por la movilización obrera y juvenil de los años setenta. Estudiaban, trabajaban, participaban en la universidad y soñaban con transformar el país: “Se enrolaron en una tarea impresionante que es querer hacer la revolución. Estaban convencidos que iban a poder, y eso nació a partir de la injusticia”.
Esa injusticia, durante los años previos a la dictadura, la represión paraestatal se extendía bajo la influencia del ministro José López Rega. “Había llegado López Rega con mucho poder. Mataba a los pibes en la calle. En la Universidad se había formado algo que eran los pibes más fachos que se llamaba CNU, que mataban como si fuera nada, y nadie los perseguía”.
Entre 1973 y 1976, la organización parapolicial Alianza Anticomunista Argentina (Triple A) y bandas como la Concentración Nacional Universitaria (CNU) desplegaron una persecución sistemática contra militantes y activistas de izquierda. En ciudades universitarias como La Plata, donde la vida estudiantil y obrera se mezclaban intensamente, la violencia política marcó una época. Hebe decía: “La justicia es una palabra, como la libertad, después tiene un contenido. En la época de López Rega ya desaparecieron casi 600 pibes. No desaparecieron: los mataban y los dejaban tirados en la calle para que el pueblo tuviera miedo”.
1977: el comienzo de las rondas y el golpe a las Madres
La desaparición de su hijo la empujó a una búsqueda desesperada que pronto se transformó en organización colectiva. “El primer día no fui, pero el segundo día me avisó la madre de un preso”.
Así comenzó a participar en las primeras rondas en la Plaza de Mayo, en pleno auge de la represión tras el golpe militar de 1976. El momento más duro llegó en diciembre de 1977, cuando la dictadura secuestró a tres fundadoras del movimiento: Azucena Villaflor, Esther Ballestrino de Careaga y María Ponce de Bianco, luego asesinadas en los llamados vuelos de la muerte.
Cuando se llevaron a Azucena, ya había más de 200 madres organizadas, pero el miedo paralizó a muchas. “Éramos 47 madres de La Plata que íbamos y ese día éramos 11. La plaza estaba rodeada de policía, de perros, de gases. Pero un pequeño grupo marchó igual”.
Ese momento sería un punto de inflexión. “Ahí ganamos la batalla. Una batalla que empezó al otro día, casa por casa, madre por madre. Yo decía: ‘Ahora tenemos más razones: tenemos a nuestros hijos y a las madres'”.
Se fueron dando cuenta de las complicidades tocando las puertas. Cuando fueron a ver al embajador de Estados Unidos tras la desaparición de las fundadoras, recibieron una respuesta que las impactó contó Hebe: “Nos dijo: ‘Ustedes tienen sus primeras mártires'. O sea que ya sabían que las habían llevado a la ESMA”.
Las Madres no solo enfrentaron la represión directa. También padecieron infiltraciones, como la del marino Alfredo Astiz. “Para nosotros era un muchacho pobrecito que le faltaba el hermano. En marzo del 78 nos enteramos que era el capitán Astiz que se había infiltrado en las Madres”.
Las persecuciones continuaron: pintadas en sus casas, detenciones cada jueves y vigilancia permanente. En 1979, fundaron la Asociación Madres de Plaza de Mayo, conscientes de una lucha de largo aliento: "Nos llevaban presas, nos golpeaban mucho. A las que sacábamos más la cabeza, por supuesto nos llevaban más. Nos allanaban la casa, éramos perseguidas. Entonces un día dijimos: ‘Che, ¿por qué no formamos una asociación o algo, para que si un día nos llevan a todas, sepan que algo quedó, que alguien hizo algo en este país? Porque si no, no hay nada escrito'”.
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Las instituciones de la "democracia": indultos e impunidad
En la búsqueda de sus hijos, las Madres acudieron a tribunales, iglesias y organismos internacionales: “Nos dijeron que Naciones Unidas iba a encontrar a nuestros hijos. Pero tenías que mandar un certificado de que habías hecho el hábeas corpus. Los jueces no te querían dar ese papel. Decían que no era un almacén para dar recibos”.
Incluso reclamar podía terminar en detención. “Si te enojabas con el juez y le decías lo que sentías, te ponían presa. Mucha gente no sabe eso: te ponían presa por reclamar un papelito”. Ante ese bloqueo, algunas madres improvisaron soluciones.
“Se nos ocurrió robarle al juez el sello y la hojita. Entonces cada madre que presentaba el hábeas corpus, como el juez no se lo daba, lo hacíamos nosotros”.
Hebe de Bonafini también ha denunciado la actitud de sectores de la Iglesia. “En nuestra búsqueda encontramos el desprecio de los jueces y la complicidad de los curas que uno creía que iban a ayudar”; “Los capellanes del Ejército bendecían a los que tiraban a nuestros hijos vivos al río y al mar".
Con el retorno democrático en 1983, las Madres mantuvieron una postura crítica, cuestionaron al gobierno de Raúl Alfonsín y rechazaron la llamada Teoría de los Dos Demonios. Por esa razón decidieron no participar de la marcha que acompañó la entrega del informe de la CONADEP, que definía que a una Argentina "convulsionada por un terror que provenía tanto desde la extrema derecha como de la extrema izquierda”, sostenía el prólogo del "Nunca Más". A continuación indicaba que “a los delitos de los terroristas, las Fuerzas Armadas respondieron con un terrorismo infinitamente peor que el combatido, porque desde el 24 de marzo de 1976 contaron con el poderío y la impunidad del Estado absoluto, secuestrando, torturando y asesinando a miles de seres humanos”.
Las Madres de Playa de Mayo rechazaron la postura adoptada por otros familiares de desaparecidas y desaparecidos respecto a que sus seres queridos fueron meramente víctimas del terrorismo de Estado. Para ella, ante todo, sus hijos fueron parte de los 30.000 que cayeron luchando por cambiar de raíz el sistema de opresión y explotación.
Durante el Juicio a las Juntas, en 1985, Hebe protagonizó una escena simbólica. Cuando el tribunal le pidió que se quitara el pañuelo blanco por ser un “símbolo político”, respondió retirándose. “No me dejan usar el pañuelo en la sala porque queda demostrado que la única condena en este juicio es el pañuelo blanco”.
La confrontación se profundizó durante el gobierno de Carlos Menem, cuando llegaron los indultos a militares responsables de crímenes de la dictadura. “El indulto es la última vergüenza, la última cachetada de este gobierno al pueblo. Un gobernante que hace alianzas con los enemigos del pueblo termina pareciéndose a ellos”.
Para Bonafini, incluso los juicios posteriores no podían reparar el daño. “Por más que condenen a los militares nunca va a haber justicia, porque es muy grande y muy horrible lo que pasó”.
Hebe fue nuestra referencia para hijos de desaparecidos, miles de jóvenes que en los 90 no nos resignamos a la impunidad de los genocidas. Enfrentó a la dictadura y nos enseñó que nunca se podía bajar los brazos
Aun con las diferencias estará PRESENTE siempre en nuestra memoria— Alejandrina Barry (@Barry__Ale) November 20, 2022
<script async src="https://platform.twitter.com/widgets.js" charset="utf-8"></script>Una lucha que no terminó
Hebe de Bonafini nunca buscó un lugar excepcional en la historia. Insistía en que su experiencia debía servir para mostrar que cualquier mujer podía luchar. “¿Cómo querría ser recordada? Como una madre. Como una madre que mostró que además de lavar, planchar y cocinar podemos hacer otras cosas”.
En los últimos años, Hebe adhirió al kirchnerismo, apoyando al gobierno y las políticas de sus principales referentes. Optó por adherir políticamente a la gestión del Estado capitalista encarnada por el kirchnerismo, lo cual derivó a dar por terminada su participación en la Marcha de la Resistencia y hasta definir que en la Casa Rosada “ya no había enemigos”.
El gobierno de Néstor Kirchner frente a un movimiento masivo en las calles que durante décadas venía luchando contra la impunidad y la represión tuvo la política –como tiempo después con el movimiento de mujeres– al otorgar algunas concesiones: trasladar la lucha en las calles en la sola confianza en las instituciones del Estado y la influencia del gobierno, horadando así la pelea "contra la represión, de ayer y de hoy".
Desde 2003 Hebe dejó de tener una actitud clara frente a la criminalización de la protesta social que en esos años mantuvo procesados a casi 5.000 luchadores obreros y populares, una política de Estado sostenida por el kirchnerismo. El alejamiento de las banderas históricas del movimiento de democrático llegó al extremo de negarse a luchar por la aparición con vida de Jorge Julio López: usando como argumento de no se trataba de "un típico desaparecido”, deslizando sospechas de que podría ser parte de una maniobra destinada a perjudicar al Gobierno.
Como luchadoras por los derechos humanos, en los años 90 Hebe y las Madres denunciaron el hambre, la represión de los gobiernos de turno. Fueron aliadas de las lucha de los trabajadores y sectores populares. Un ejemplo claro fue su apoyo incondicional a la experiencia de las fábricas recuperadas. Un momento emblemático quedó fijado cuando Hebe viajó a Neuquén y le entregó el pañuelo a los obreros de la fábrica Zanon que protagonizaban una lucha sin precedentes.
Que en los últimos momentos de su vida se alejara de las banderas históricas de la lucha democrática que ella misma había ayudado a construir, no nos exime de rescatar todas las enseñanzas que dejó en esos años.
Hebe marcó el sentido profundo de la lucha de las Madres en aquellos años 90: “Las Madres los vencimos, porque no dejamos que mueran nuestros hijos. Nuestros hijos no van a morir nunca, porque ya hay miles de pibes que levantan sus banderas. Eso es un acto de justicia”.
Casi cincuenta años después del inicio de aquellas rondas en la Plaza, esa afirmación sigue resonando como una de las definiciones más potentes de la memoria y la resistencia en la historia argentina.
Nuestra generación comenzó a militar marchando con Hebe al grito de ¡Ni un paso atrás!
Nos acompañó firmemente en el proceso de ocupación de fábricas y puesta en producción.
Más allá de las diferencias de los últimos años, eso no se olvida más. Hasta siempre, Hebe.— Myriam Bregman (@myriambregman) November 20, 2022
<script async src="https://platform.twitter.com/widgets.js" charset="utf-8"></script>Fuentes:
Entrevista a Hebe de Bonafini (Asociación Madres de Plaza de Mayo) Realizada por Graciela Di Marco (UNSAM)
Rechazo de las Madres a la CONADEP, el informe “Nunca Más” y la teoría de los dos demonios.
Mateando con Hebe de Bonafini - N° 48 - La historia de las Madres 01
Mateando con Hebe de Bonafini - N° 49 - La historia de las Madres 02
Claudia Lilián Vargas Morán, Nuestros hijos, los revolucionarios. Narrativas y discurso de la Asociación Madres de Plaza de Mayo (1977-2003).


