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Norita Cortiñas, hasta la victoria, siempre en lucha
23 de marzo, por Pioneras contra el golpe — Política, Libertades Democráticas, Nora Cortiñas, Genocidio, Dictadura cívico-militar-eclesiástica, 50 años del golpe de Estado de 1976, Política, Libertades Democráticas, Nora Cortiñas, Genocidio, Dictadura cívico-militar-eclesiástica, 50 años del golpe de Estado de 1976
La desaparición de su hijo Gustavo en 1977 transformó su vida, quien pasó de ser ama de casa a convertirse en una de las referentes históricas de la lucha por los derechos humanos. Su compromiso activo con la memoria, la verdad y la justicia trascendió la dictadura: acompañó cada lucha contra la impunidad, denunció el negacionismo y se mantuvo presente en las calles hasta sus últimos años.
Hoy cumpliría años. Y ya se sabe dónde estaría Norita. La lista de luchas en las que Norita participó es interminable. Para ella, la desaparición de Gustavo y la lucha por los 30 mil no eran sólo memoria. Eran presente. Nunca entendió esa lucha con el objetivo de ajusticiar los crímenes y nada más. Siempre supo que las luchas presentes de la clase obrera y los sectores populares son, en esencia, las mismas que libró la generación setentista de luchadoras y luchadores.
Nunca supo qué hizo la dictadura con su hijo Carlos Gustavo Cortiñas. En 1952 nació el primer hijo de la familia, Carlos Gustavo. Después, en 1955, llegó Marcelo. A su hijo mayor lo llamaba por su segundo nombre. Esa ausencia (la imposibilidad de saber) no solo marcó su vida: la empujó a transformarla por completo.
Una vida atravesada por la desaparición
Gustavo estudiaba (después de un paso por la Universidad de Morón) en la Facultad de Ciencias Económicas de la Universidad de Buenos Aires (UBA). Militaba en la Juventud Peronista (JP). En los primeros tiempos, lo hizo en la Villa 31 junto al sacerdote Carlos Mugica. Cumplió 22 años el 11 de mayo de 1974. Ese día estaba triste y no quiso festejos: la Triple A había acribillado al sacerdote.
El 15 de abril de 1977 Gustavo salió para el trabajo. Nunca llegó. Tampoco se encontró con Ana (su pareja, con quien tenían un nene de dos años) como habían convenido. Con el tiempo, se supo que a él se lo habían llevado de la estación Castelar. Nora no dudó y salió a buscarlo. Con su marido se acercaron a los organismos de derechos humanos que ya estaban funcionando, como la Liga Argentina por los Derechos del Hombre (LADH), la Asamblea Permanente por los Derechos Humanos (APDH) y el Movimiento Ecuménico por los Derechos Humanos (MEDH).
Un cuñado le habló de unas mujeres que se reunían frente a la Casa de Gobierno. Hacia allá fue ella. Llegó por primera vez a la Plaza de Mayo en mayo de 1977. Nunca la abandonó, ni siquiera con el terror que provocaron los secuestros de Azucena Villaflor de De Vincenti, Esther Ballestrino de Careaga y María Eugenia Ponce de Bianco en diciembre de ese año.
Eran “las locas” para la dictadura. Las locas que caminaban, lloraban, se sostenían aunque se desplomara el cielo. “El público que pasaba por la Plaza de Mayo muchos años no nos vio”, contó años antes en una entrevista en la Biblioteca Nacional. “Éramos invisibles, nadie se acercaba a preguntar qué hacíamos ahí”.
De ama de casa a militante
Norita nunca pensó su historia como algo cerrado en el pasado. Para ella, la desaparición de Gustavo y la lucha por los 30 mil eran presente. Siempre supo que las luchas presentes de la clase obrera y los sectores populares son, en esencia, las mismas que libró la generación setentista de luchadoras y luchadores.
Por eso en 2002 estuvo a la cabeza del reclamo por justicia para Maximiliano Kosteki y Darío Santillán, asesinados en la Masacre de Avellaneda. Fue a ella a quien el entonces gobernador bonaerense Felipe Solá le dijo que los jóvenes piqueteros habían muerto porque “se mataron entre ellos”. Su testimonio fue central en el proceso penal que aún se les sigue a los responsables políticos de esa represión brutal.
Fue ella la que marchó por los “nuevos” desaparecidos, los de esta democracia para ricos. Junto a Adriana Calvo, Myriam Bregman y demás referentes exigió en 2006 la aparición de Jorge Julio López y nunca dejó de denunciar el encubrimiento de la Policía Bonaerense por parte de todos los gobiernos. Lo mismo hizo en 2009 por Luciano Arruga, en 2011 por Daniel Solano, en 2017 por Santiago Maldonado, en 2020 por Facundo Castro y Luis Espinoza. Y por tantos otros.
Nora estaba alejada de las cuestiones partidarias cuando todo comenzo. El epicentro de su vida era la casa de la familia en Castelar. A su marido no le gustaba que su esposa trabajara fuera del hogar. Era muy “machista”, relataba ella. “Yo fui criada con una matriz machista”, decía Norita, que a los 19 años estaba casada, era ama de casa y modista. Recordaba risueña los enojos de Carlos, su marido: “¿Qué tiene que hacer una Madre de Plaza de Mayo en un taller sobre sexualidad?”.
Con el tiempo, esa mujer que había sido formada en esos mandatos fue transformándose. La búsqueda de su hijo la llevó a la calle, a la organización, a la palabra pública. Y también la fue acercando a otras luchas. Así se fue haciendo feminista y se impuso como una suerte de referencia para nuevas generaciones, incluso como una figura reconocida dentro de la marea verde.
Una lucha que no terminó
Cuando Alberto Fernández relativizó el genocidio perpetrado en Argentina, hablando de “inconductas” de algunos militares y pidiendo “dar vuelta la página”, Norita no dudó en cuestionar al Frente de Todos . Le dijo entonces a este diario que el del Presidente fue un claro “gesto negacionista”, que las Madres iban a seguir “en las calles reclamando por Memoria, Verdad, Justicia” y que Alberto, puesto allí por designio de Cristina Kirchner, “nunca estuvo vinculado a la defensa de los derechos humanos”.
También denunciaría lo mugriento que resultaba tener de ministros a personajes como Felipe Solá a nivel nacional o Sergio Berni en la provincia de Buenos Aires.
Nunca dejó de denunciar el negacionismo y las propuestas de reconciliación con los genocidas. El 19 de diciembre de 2023 tuvo una de sus últimas apariciones en público. Javier Milei y Victoria Villarruel llevaban nueve días en la Casa Rosada. En la Cámara de Diputados la bancada del Frente de Izquierda, encabezada por Myriam Bregman, había convocado a legisladores, referentes de derechos humanos, sindicales, sociales y políticos a una audiencia pública para denunciar la ilegalidad de las políticas de Patricia Bullrich englobadas en su “Protocolo de Orden Público”. Y allí fue Norita.
“Una cosa que me obsesiona es que de una vez por todas echemos al Fondo Monetario Internacional a patadas en el culo”, dijo en aquella audiencia en 2023. De igual manera había repudiado el acuerdo con el FMI firmado en 2022 por el gobierno peronista. “La historia siempre señalará a los traidores que votaron ese pacto”, sentenció sin perder su calma.
En una de las tantas conversaciones con este diario, Norita le dijo a nuestra compañera Andrea López que es necesario seguir tomando las banderas de lucha de sus hijos e hijas. “Ése es el gran compromiso que tenemos, reivindicar las luchas que hubo, hay y habrá para hacer de este mundo un lugar que merezca ser vivido, donde quepamos todos y todas, que esta vida merezca ser vivida”.
La lista de luchas en las que Norita no dejó de estar es interminable. Su solidaridad se hizo fuerte con los despedidos de PepsiCo y con los de Lear . Con los obreros de Donnelley que ocuparon la gráfica de Garín tras la huida de la patronal y la pusieron a producir bajo el nombre de Madygraf , al igual que con los ceramistas de Zanon de Neuquén. Con los mineros de Río Turbio y con los ferroviarios tercerizados del AMBA.
Norita abrazó la causa contra el genocidio perpetrado por el estado sionista de Israel: "Dejen vivir a los palestinos en su tierra”: "La Palestina que queremos fue atacada por Israel de una manera inhumana, brutal, inmoral, especialmente en Gaza… Decimos que es una masacre organizada, un genocidio planificado para avanzar sobre el territorio de un pueblo vivo que sigue resistiendo. Un pueblo que en pandemia no tiene acceso a la salud y es desprotegido por la Convención de Ginebra. Un pueblo que molesta a muchos porque su resistencia siempre es noticia. Mientras Israel sigue bombardeando Gaza seguimos apoyando la lucha de Palestina ¡Palestina libre!
La misma coherencia con la que se solidarizaba tanto con los qom y wichí en el norte como con los mapuche en el sur era la que la llevaba a denunciar el ataque del Estado contra quienes reclaman una vivienda en las grandes urbes. Así lo hizo ante el violento desalojo en Guernica por parte del gobierno de Axel Kicillof, Berni y Larroque. Y también ante el violento desalojo en la Villa 31 por parte del gobierno porteño de Horacio Rodríguez Larreta.
Podríamos seguir hasta el infinito: Siempre Norita presente.
En una de las conversaciones con La Izquierda Diario, Norita dijo que es necesario seguir tomando las banderas de lucha de sus hijos e hijas. “Salgamos a las calles a reclamar con una sonrisa y no con cara de amargados”, era el grito de vida que nos dejó y por lo cual estará siempre presente.
“Pensarán ‘pobre madre, mirá las ilusiones que tiene todavía'. Pero no. Vamos a triunfar, no pasarán, seguiremos adelante, creciendo como el país que soñaron los 30 mil”. Su vida se vuelve un ejemplo a seguir para aprender, continuar sus pasos y luchar inclaudicablemente como lo hizo ella. Como decías vos, Norita, “¡hasta la victoria siempre, venceremos!”
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“Sacamos a Alejandro de La Perla”
22 de marzo, por A 50 años del golpe genocida — Política, Libertades Democráticas, Lesa humanidad, Genocidio, Dictadura cívico-militar-eclesiástica, Crímenes de lesa humanidad, 50 años del golpe de Estado de 1976, Política, Libertades Democráticas, Lesa humanidad, Genocidio, Dictadura cívico-militar-eclesiástica, Crímenes de lesa humanidad, 50 años del golpe de Estado de 1976
Días atrás se conocieron las identidades de las personas halladas en el principal centro clandestino de Córdoba. Un pequeño rastro permitió identificar a Alejandro Jorge Monjeau López. El cierre de un ciclo de silencio e incertidumbre para seguir honrando su lucha y la de los 30 mil.
El pasado miércoles, la sede del Juzgado Federal 3 de Córdoba fue testigo, a pesar del negacionismo que sobrevuela estos tiempos mileístas, del triunfo de la lucha inclaudicable de sobrevivientes, familiares, el movimiento de derechos humanos y la ciencia al servicio de la verdad, la memoria y la justicia.
El titular del juzgado Miguel Hugo Vaca Narvaja dio a conocer los nombres de las doce personas identificadas en las excavaciones realizadas por el Equipo Argentino de Antropología Forense (EAAF) en la zona de Loma del Torito, dentro de la Reserva Natural Militar La Calera.
Ramiro Sergio Bustillo, José Nicolás Brizuela, Raúl Oscar Ceballos Cantón, Adriana María Carranza o Cecilia María Carranza, Carlos Alberto D'Ambra, Mario Alberto Nívoli, Elsa Mónica O'Kelly Pardo, Oscar Omar Reyes, Eduardo Jorge Valverde, Sergio Julio Tissera y Alejandro Jorge Monjeau López.
Restos óseos fragmentados que confirman lo que los sobrevivientes sostuvieron por décadas: la "limpieza" a gran escala que realizaron los militares a inicios de 1979 para ocultar el genocidio en curso ante la visita de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH). Sin embargo, la ciencia y la lucha incansable lograron lo imposible: encontrar los fragmentos que quedaron y comenzar a darles una identidad.
Así, un pequeño rastro permitió que Alejandro Monjeau López saliera de las entrañas oscuras de La Perla.
El segundo de cinco hermanos, Alejandro nació en la ciudad de Mar del Plata en 1955. A los 17 años se mudó a La Plata para estudiar Abogacía. “Tenía brillo, era muy vital, muy gracioso”, afirma Guillermina, la menor de los hermanos.
Su hermana lo recuerda con ojos de niña: “Gracioso. Muy deportista. Lo vi muy poco, tenía 7 años. El recuerdo que tengo de la última vez que lo vi, fue un encuentro a escondidas de la familia con él y su esposa en un bar. Son como flashes. Imágenes de comidas familiares, donde Alejandro y mi hermano Federico hacían shows, eran los graciosos de la familia”.
Con un “compromiso muy importante”, militó en la Juventud Universitaria Peronista. “Era un tipo muy visceral, muy politizado. Con una presencia muy importante. Se metió a trabajar en una fábrica acá en La Plata porque quería tener esa experiencia obrera. Iba a las librerías y dejaba marcadas las hojas y volvía al otro día para seguir leyendo. Se va armando esa mística, viste?. Encima era lindo, era hermoso. Muy sonriente”. Pedazos de historia, fragmentos de flashes que arman y sostienen historias, vidas.
Junto a su compañera decidieron irse a Córdoba, donde fueron secuestrados en 1977. Primero fue él, luego ella. Patricia dio a luz a una niña en La Ribera, otro de los centros clandestinos que funcionaron en Córdoba; luego fue trasladada a la cárcel de Devoto donde permaneció un año. La bebé, Alejandra, fue entregada a su abuelo materno.
Alejandro tenía 21 años cuando lo secuestraron aquel 14 de marzo de 1977. Testimonios brindados en el juicio de La Perla- donde fueron condenados 28 genocidas-, lo ubican en ese predio de 14 mil hectáreas por donde pasaron más de 5 mil personas; uno de los centros clandestinos de detención, tortura y desaparecidos más grandes del interior del país.
El último tramo de certeza fue el 11 de marzo de 2026 cuando una sobrina recibió la noticia del hallazgo de restos en aquel lugar. La comunicación con la familia; con Alejandra, su hija, quien vive en Italia junto a su madre. El cierre de un impasse en el tiempo.
“Simbólicamente es la idea de que salga de ahí. Sacarlo de ese lugar y tenerlo cerca nuestro. Es como cerrar el tiempo de La Perla y llevarlo a otro lugar, a Mar del Plata con mis padres y mi hermano fallecido. Cierra un proceso y es un profundo agradecimiento a todos los que colaboraron; es muy emocionante. El Equipo de Antropología Forense, el juzgado y la calidad con que nos llamaron”, señaló Guillermina, quien marchará con su familia este 24, como todos los años. Quizás este con más impacto.
“Dejar de pensarlo a Alejandro en la Perla” es la síntesis de un triunfo de este lado, contra la pedagogía del silencio y el escarmiento que los mismos de siempre, que solo cambian las caretas, buscan imponer a golpe de ajuste y represión.
Porque la memoria que es bronce, no se mueve. La memoria colectiva es una construcción constante contra la impunidad de ayer y de hoy.
“Con el arriba nervioso y el abajo que se mueve”, como cantaban Los Olimareños, daremos vuelta la tortilla.
Este 24 de marzo, nos vemos en las calles.
¡30 mil detenidos desaparecidos presentes ahora y siempre!
Fue genocidio
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Adriana Calvo: memoria y lucha contra la impunidad
22 de marzo, por Pioneras contra el golpe — Política, Libertades Democráticas, Genocidio, Dictadura cívico-militar-eclesiástica, Adriana Calvo, Bloque1 A4 1 titulo, 50 años del golpe de Estado de 1976, Política, Libertades Democráticas, Genocidio, Dictadura cívico-militar-eclesiástica, Adriana Calvo, Bloque1 A4 1 titulo, 50 años del golpe de Estado de 1976
Un recorrido por la vida y el testimonio de Adriana Calvo, sobreviviente de la dictadura, cuyo relato en el Juicio a las Juntas expuso el horror de los centros clandestinos. Su incansable lucha contra la impunidad se sostuvo, sin concesiones, hasta sus últimos días.
La diputada nacional Myriam Bregman –compañera y amiga– recordaba su esencia: “Lo principal que se aprendía era a no decir jamás ‘no se puede'. Para Adriana esa respuesta no existía. Nos enseñó a luchar contra todo escepticismo o desmoralización".
A Adriana Calvo la secuestraron el 4 de febrero de 1977. Estaba en su casa de Tolosa junto a su hijo Santiago, de apenas un año y medio. Su hija mayor, Martina, había ido a dormir a la casa de sus abuelos. Su compañero, Miguel Laborde, trabajaba en la Universidad Nacional de La Plata, donde ambos eran docentes: él de Química, ella de Física. De pronto, un grupo de hombres rodeó la vivienda. Cuando se la llevaban, una vecina logró arrebatarle al niño de los brazos a uno de los captores. Ese gesto evitó que también él fuera desaparecido. Así comenzó un calvario que marcaría su vida y, años más tarde, la historia judicial argentina, pero también el inicio de un camino de lucha en el que Adriana ocuparía siempre un lugar en primera fila.
El caso de Adriana Calvo se convirtió en el número uno de la causa 13/84, más conocido como Juicio a las Juntas. Fue la primera sobreviviente en declarar, elegida por los fiscales Julio Strassera y Luis Moreno Ocampo. Su testimonio, brindado el 22 de abril de 1985, produjo una conmoción profunda en la sala. Durante casi dos horas relató el horror con una precisión que dejó sin palabras a quienes la escuchaban.
Aquel día, frente a un tribunal colmado y con los responsables del terrorismo de Estado observando desde los palcos, su voz quebró el silencio de años. “Nadie allí pudo mirar a los ojos del otro por un buen rato y, al mismo tiempo, emitir palabra alguna”, escribió Pablo Llonto. Su declaración no solo impactó por lo narrado, sino porque permitió dimensionar en sede judicial el funcionamiento concreto del plan represivo.
Para entonces, Adriana ya había decidido que su historia no sería solo un recuerdo doloroso, sino una herramienta de denuncia. A lo largo de su vida brindó numerosos testimonios y participó activamente en la reconstrucción de lo ocurrido en los centros clandestinos de detención.
Fundadora de la Asociación de Ex Detenidos Desaparecidos, dedicó años a identificar víctimas, reconstruir recorridos y señalar responsables.
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El infierno en el Pozo de Banfield
Su propia experiencia en ese lugar es uno de los relatos más estremecedores del terrorismo de Estado. Llevaba dos meses secuestrada. Había pasado por distintos centros clandestinos con un embarazo avanzado y sin haber tenido más noticias de sus hijos. Cuando preguntó por su marido, también secuestrado, recibió un cachetazo como única respuesta. Aun así, cuando una compañera de cautiverio le habló de otro lugar, “el verdadero infierno”, Adriana se estremeció. Solo le dieron dos datos: estaba en Banfield y tenía una escalera de cerámicos rojos.
Con un embarazo avanzado fue trasladada desde la comisaría quinta de La Plata en un patrullero. Allí comenzó el trabajo de parto. En su testimonio en el Juicio a las Juntas declaró:
“Yo iba acostada en el auto, vendada, con los ojos vendados y las manos atadas atrás. Les decía que estaba por nacer mi criatura, que no podía aguantar más, que pararan, que era inminente. No era mi primer hijo, yo sabía que estaba por nacer. Me decían que era lo mismo, que igual me iban a matar, que iban a matar al chico. Íbamos a toda velocidad y yo les grité: ‘ya nace, ya nace, yo no aguanto más'. Y efectivamente nació. Mi beba nació bien, era muy chiquita. Quedó colgando del cordón, se cayó del asiento, estaba en el piso. Yo le pedía por favor que me la alcancen, que me la dejen tener conmigo. No me la alcanzaron. Yo seguía con las manos atrás, con los ojos vendados. No me la querían dar, señor presidente. Ese día hice la promesa de que, si mi beba vivía y yo vivía, iba a luchar todo el resto de mis días porque se hiciera justicia.”
“Yo estaba atrás, desnuda, con mi beba colgando, llena de sangre. Me tuvieron 2, 3 horas allí, con mi beba llorando en el piso, y yo no podía hacer nada por recogerla.
Luego fue trasladada al interior del centro clandestino:
"Lo primero que hizo el doctor Bergés fue sacarme el tabique y me dijo: ‘ya no te hace falta eso'. Era una sentencia de muerte. Realmente pensé que no iba a salir nunca más de allí. Me sacó la placenta y la tiró al piso mientras me insultaba. Mi beba estaba en la mesada, toda sucia, lloraba, tenía frío. Yo pedía por favor que me dejen estar con ella. Me hicieron limpiar todo mientras me insultaban. Yo estaba totalmente desnuda. Mi beba lloraba. Recién ahí, cuando había limpiado todo, me dejaron agarrar mi beba y lavarla con agua fría.”
La “escalera de cerámicos rojos” que había escuchado en cautiverio se convirtió en un símbolo del ingreso a ese espacio de terror. Era uno de los engranajes del Circuito Camps, la entrada a la Brigada de Investigaciones o el Pozo de Banfield, maternidad clandestina, el destino final de las chicas y los chicos de la Noche de los Lápices y una de las bases del Plan Cóndor en el país.
Su testimonio se convirtió en un arma de lucha enfrentando con toda crudeza y coraje el significado de la palabra "excesos" que comenzó a circular, allá por 1985, para atenuar las penas.
"Señor presidente, yo no voy a abundar más en los detalles de las torturas, pero sí creo que hay algo que es muy importante que yo diga y que yo cuente, aunque es muy doloroso. Después de las cosas que he leído que se han dicho aquí, creo que es imprescindible para que se haga justicia.
"La obligación de la patota era torturar, lo hacían profesionalmente, lo hacían en forma fría, lo hacían en forma calculada. No necesitaban de ninguna droga, de alcohol, de nada, estaban absolutamente conscientes de lo que hacían.
"Pero señor Presidente, voy a contar el caso de una persona a la que no conocía, a quien torturaron durante días enteros, la patota lo torturó día y noche, lo torturó sin piedad, con todos los métodos que he relatado, y muchos más. Por fin, lo dejaron en paz y se fueron, lo dejaron tirado en frente de nuestro pasillo, oíamos el jadeo de esa persona. Cuando la patota se fue, señor Presidente, los guardias comenzaron hacer un asado a tomar vino a emborracharse a uno se ocurrió torturar a este prisionero y comenzaron a torturarlo nuevamente, esta vez no querían ninguna información, señor presidente, se divertían y gritaban, era una... Lamento haberlo dicho, pero creo que es importante, porque aquí se ha hablado de excesos y supuestamente estos son los excesos. Lo otro, la tortura fría y cruel, era un acto de servicio".
La primera en denunciar la desaparición de Julio López
Décadas después, Adriana volvió a ocupar un rol central al denunciar la desaparición de Jorge Julio López en 2006, durante el juicio contra Miguel Etchecolatz. Ese lunes 18 de septiembre de 2006 en el que López nunca llegó al alegato, Adriana Calvo no bajó sus brazos para denunciar su desaparición y señalar claramente a los responsables. Desde el primer momento sostuvo que se trataba de un secuestro vinculado a las fuerzas represivas: “Esto es un secuestro a manos de la Bonaerense”.
Lamentablemente a medida que pasaron las horas se fue confirmando y ya no queda prácticamente otra posibilidad: “Ojalá que me equivoque. No obstante, festejaremos nuestro error, si Julio está perdido o está, como dijo el ministro (Aníbal) Fernández, en la casa de su tía".
Mientras desde el gobierno se intentaban instalar hipótesis alternativas, Adriana insistía:
“Ojalá que me equivoque… pero ya no queda prácticamente otra posibilidad”. Las palabras del entonces Ministro del Interior del gobierno de Néstor Kirchner pasaron al podio de las frases célebres de la historia política argentina, pero por su nivel de cinismo y de burla hacia las organizaciones de Derechos Humanos que no bajaron las banderas de lucha contra la impunidad.La claridad de Adriana para identificar los mecanismos de impunidad fue una constante en su trayectoria. Tuvo la capacidad propia de quienes sobrevivieron a los campos de exterminio de la dictadura, no callaron y aportaron su testimonio fundamental para desnudar el plan genocida. Se templó en la dura lucha de aquellos años donde el terrorismo de Estado cambió sus vidas.
Denunció no solo los crímenes de la dictadura, sino también las limitaciones de los procesos judiciales posteriores, que avanzaban de manera fragmentada y dejaban fuera a numerosos responsables. Insistía en que los juicios debían ser “por todos los genocidas y por todos los compañeros”, para evitar lo que definía como “impunidad biológica”.
“Para Adriana no había causas perdidas”
Adriana fue pionera en la pelea por el reconocimiento del genocidio en los juicios y en denunciar que las condenas llegaban a cuentagotas. Ni las amenazas, ni la persecución, ni la enfermedad lograron detenerla.
Su compromiso trascendió los juicios de lesa humanidad. Acompañó luchas de trabajadores, estudiantes y víctimas de violencia institucional, y denunció responsabilidades estatales incluso en democracia. Nunca dejó de señalar las contradicciones de los gobiernos que, al tiempo que reivindicaban los derechos humanos, sostenían prácticas de impunidad.
Por eso, como no dudó en denunciar el encubrimiento del secuestro y desaparición de Julio López por parte del gobierno de Néstor Kirchner tampoco dejó de denunciar su responsabilidad en garantizar la impunidad de los responsables de los asesinatos de Maximiliamo Kosteki y Darío Santillán, Carlos Fuentealba, Luciano Arruga, entre otros.
A mediados de 1990 fundó junto con otros familiares, como Nora Cortiñas y Cachito Fuckman, y organismos como Asociación de Ex Detenidos Desaparecidos (donde militaba Adriana), el CEPRODH y Madres de Plaza de Mayo Línea Fundadora, el Encuentro Memoria, Verdad y Justicia. Surgió frente a la necesidad de coordinar acciones entre distintas organizaciones de derechos humanos y de izquierda, independientes de los gobiernos de turno.
Quienes la conocieron destacan su convicción inquebrantable. Un compañero de trabajo de la Facultad de Ingeniería sostuvo: “Para Adriana no había causas perdidas, había causas abandonadas”. Cachito Fukman expresó: “Adriana formó parte de una generación que fueron formados para ser brillantes y pusieron todo lo que tenían para construir ese país sin explotados ni explotadores, para construir ese país de hombres y mujeres libres, para construir el socialismo. El mejor homenaje que le podemos hacer a Adriana es levantar sus banderas en la práctica cotidiana”.
Adriana Calvo murió el 12 de diciembre de 2010, pero su legado permanece. Su testimonio permitió reconstruir una parte fundamental del funcionamiento del terrorismo de Estado y dejó una enseñanza política profunda: la necesidad de sostener la memoria y la lucha contra la impunidad hasta las últimas consecuencias.
Fuentes:
Testimonio de Adriana Calvo (fragmento 1)
Testimonio de Adriana Calvo (fragmento 2)
Homenaje a 10 años del fallecimiento de nuestra compañera Adriana CalvoAdriana Calvo: la primera que dijo que Julio López estaba desaparecido
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Sacar lecciones de aquella derrota, prepararnos para vencer
22 de marzo, por A 50 años del Golpe — Política, Libertades Democráticas, Opinión, Genocidio, Golpe de Estado, Dictadura cívico-militar-eclesiástica, Burocracia sindical, Cordobazo, PST, Terrorismo de Estado, Dictadura, A 50 años del Golpe, Memoria, 50 años del golpe de Estado de 1976, Política, Libertades Democráticas, Opinión, Genocidio, Golpe de Estado, Dictadura cívico-militar-eclesiástica, Burocracia sindical, Cordobazo, PST, Terrorismo de Estado, Dictadura, A 50 años del Golpe, Memoria, 50 años del golpe de Estado de 1976
El terrorismo de Estado empezó antes del 24 de marzo de 1976. El genocidio fue de clase, para liquidar la insurgencia obrera, estudiantil y barrial que venía desde el Cordobazo. La burguesía no nos derrotó por falta de voluntad, sino por no tener una estrategia revolucionaria de la clase trabajadora. El autor trabajó en los astilleros Astarsa y Río Santiago, militó en el PST en los 70 y fue cofundador del MAS en los 80. Es dirigente del PTS.
(Esta columna integra el dossier Reflexiones a 50 años del Golpe: una lucha incansable contra el negacionismo, el olvido y el silencio, que podés ver acá)
Al cumplirse medio siglo del Golpe del 24 de marzo del 1976, es importante recordar que el terrorismo de Estado empezó mucho antes. La fecha es, sin dudas, muy importante y emblemática para la lucha por Memoria, Verdad y Justicia. Pero el genocidio no arrancó el día en el que la Junta Militar derrocó al gobierno de Isabel Perón.
Cuando decimos que fue un genocidio, tenemos que reafirmar que fue un genocidio de clase, perpetrado para liquidar a toda una vanguardia de lucha obrera, estudiantil y barrial, con una juventud que fue protagonista central de una situación revolucionaria abierta con el Cordobazo en 1969 y que la burguesía (el empresariado del campo, la industria y la banca) no logró sofocar con el retorno de Juan Domingo Perón en 1973, ni con la creación de la Triple A ni con el Operativo Independencia de 1975.
La Triple A fue creada bajo el gobierno de Perón y potenciada cuando Isabel y José López Rega quedaron a cargo del Poder Ejecutivo. Impusieron el estado de sitio y la represión fue brutal. Entre 1.500 y 2.000 personas fueron asesinadas por las bandas parapoliciales.
La burocracia sindical de la CGT y de varios sindicatos fue cómplice de esa represión. No sólo por delatar y entregar las listas de los activistas a los milicos. Muchos de sus dirigentes integraron los grupos fachos antes del golpe.
En ese contexto llegó el 24 de marzo y el pleno despliegue del Terrorismo de Estado. ¿Qué significaba eso? Atemorizar a las masas, a toda la población, para que nadie resistiera ni se animara de ahí en más a repetir lo que había hecho por nuestra generación entre finales de los 60 y la primera mitad de los 70.
El Golpe fue cívico, militar y eclesiástico. El gran empresariado, con sus máximos exponentes de la Sociedad Rural y la Unión Industrial Argentina (UIA) , fue el verdadero mandante del genocidio. Y la cúpula de la Iglesia Católica fue colaboradora directa. La clase capitalista aplicó un plan de exterminio a la vanguardia y de extensión del terror a las masas obreras y populares del país.
José Alfredo Martínez de Hoz ministro de Economía de Jorge Rafael Videla | Símbolo de la alianza entre el empresariado nacional y los ejcutores prácticos de la dictadura | Foto Clarín Ejemplos sobran. Alcanza con decir que desaparecieron más de sesenta trabajadores de las empresas del Grupo Techint manejado por la familia Rocca. Otro tanto ocurrió en Ledesma , el gigante azucarero, de alcohol y papel de Jujuy manejado por Carlos Pedro Blaquier. Y también en Fate , donde la familia de Javier Madanes Quintanilla carga con una decena de trabajadores desaparecidos. Fue genocidio y fue de clase.
Nuestra generación fue derrotada. Pero no por falta de decisión y voluntad. Fuimos derrotados porque nos faltó una estrategia para vencer o, mejor dicho, las estrategias de la mayoría de las organizaciones que actuaron en ese período eran equivocadas.
Nos faltó una estrategia realmente revolucionaria que llevara a que los Cordobazos y sucesivos “azos” que se dieron en esos años culminara en un Argentinazo que abriera paso a una insurrección obrera que tomara el poder e iniciara el camino hacia el socialismo.
La lucha por el juicio y castigo a los genocidas que encabezaron las Madres de Plaza de Mayo, la lucha contra la impunidad que es ejemplo a nivel mundial, es producto de la valentía y persistencia de todos los que enfrentamos los intentos de amnistía a los genocidas que varias veces reaparecieron en nuestra historia “democrática”. Eso se siente cada nuevo 24 de marzo. La marcha multitudinaria y espontánea de 2018 que derrotó el fallo de la Corte Suprema que beneficiaba con el “2x1” a los represores es, quizá, la imagen más contundente del repudio masivo a la impunidad.
Al cumplirse 50 años de aquel 24 de marzo, hay superar a las distintas variantes capitalistas y reformistas, como el peronismo, y construir un nuevo y gran partido de la clase obrera, independiente de toda expresión patronal, en perspectiva revolucionaria. Un partido que luche para imponer un gobierno de los trabajadores.
Para eso, es necesario que las nuevas generaciones aprendan de los errores del pasado, para superarlos. No está escrito en ningún lado que no se puede triunfar. Desde el PTS y el Frente de Izquierda convocamos a avanzar en la construcción de esa herramienta, indispensable para triunfar. Conquistarlo será el mejor homenaje que podremos hacerles a nuestras 30 mil compañeras y compañeros desaparecidos.
Imagen del Cordobazo
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Si hay juicios a los genocidas es por las pruebas que juntamos sobrevivientes y familiares
22 de marzo, por A 50 años del Golpe — Política, Libertades Democráticas, Opinión, Lesa humanidad, Genocidio, Madres de Plaza de Mayo, La Noche de los Lápices, Impunidad, Juicios por la dictadura, Golpe de Estado, Dictadura cívico-militar-eclesiástica, Abuelas de Plaza de Mayo, Crímenes de lesa humanidad, Terrorismo de Estado, Dictadura, A 50 años del Golpe, Memoria, 50 años del golpe de Estado de 1976, Política, Libertades Democráticas, Opinión, Lesa humanidad, Genocidio, Madres de Plaza de Mayo, La Noche de los Lápices, Impunidad, Juicios por la dictadura, Golpe de Estado, Dictadura cívico-militar-eclesiástica, Abuelas de Plaza de Mayo, Crímenes de lesa humanidad, Terrorismo de Estado, Dictadura, A 50 años del Golpe, Memoria, 50 años del golpe de Estado de 1976
La lucha por los pibes de La Noche de los Lápices convertida en lucha por los 30 mil. Seguir buscando a nuestros desaparecidos y encontrar en el camino a represores escondidos. Recuerdos para pelear en el presente, por izquierda. La autora es hermana de Horacio Ungaro y tiene una larga trayectoria en la lucha por Memoria, Verdad y Justicia.
(Esta columna integra el dossier Reflexiones a 50 años del Golpe: una lucha incansable contra el negacionismo, el olvido y el silencio, que podés ver acá)
Soy hermana de Horacio Ungaro, uno de los chicos detenidos-desaparecidos en La Noche de los Lápices. Aunque conseguimos una sentencia en el juicio por los crímenes de lesa humanidad cometidos en el Pozo de Banfield, seguimos preguntando dónde están nuestros seres queridos.
Horacio desapareció el 16 de septiembre de 1976, junto a su compañero Daniel Racero, en el domicilio de mi mamá. Estaban durmiendo para ir a la escuela al día siguiente. Mi hermano era militante, daba clases de apoyo escolar y alfabetización en una villa de emergencia que había detrás del Hipódromo de La Plata. Jugaba al ajedrez y era extremadamente lector. En su mesita de luz siempre estaba el Diario del Ché y el Manual de Filosofía de Victor Afanasiev, todo subrayado y marcado.
La Plata era una ciudad asolada por las bandas parapoliciales como la Triple A y la Concentración Nacional Universitaria, la CNU. Desde 1974 comenzaron a atacar. Tuvimos la Masacre de La Plata, la matanza del Gringo Pierini junto a Rolando Chávez y a su padre Horacio poco después del asesinato de Rodolfo Ortega Peña.
Previo al golpe hubo muchos asesinatos. Nuestra ciudad tiene muchísimos desaparecidos.Siempre pensé qué fuerza debe haber tenido Horacio, siendo tan chico, para arrojar todos sus libros por la ventana a la calle cuando sintió que llegaban a detenerlo. Libros que logramos recuperar y conservar, hoy los tengo conmigo como un gran tesoro.
Yo tenía 26 años. La dictadura hizo que saliera a buscarlo junto a mis padres. Nos fuimos reuniendo con los otros familiares, los de Claudia Falcone, Claudio de Acha, Francisco López Muntaner y todos los demás.
Primero pedíamos la aparición con vida, que era la consigna lanzada por las Madres. Cosa que no obtuvimos. Entonces empezamos a exigir el castigo a los culpables.
21 de noviembre de 1977. Marta Ungaro junto a otros familiares intantan contactarse con el secretario de Estado estaounidense Cyrus Vance. Fue el primer día que la Madres se pusieron los pañalas de sus hijos en la cabeza Participé la primera vez que las Madres usaron los pañuelos. Fue el 21 de noviembre de 1977, cuando vino a la Argentina el secretario de Estado estadounidense Cyrus Vance. Fuimos desde La Plata a Buenos Aires junto a Elba Falcone. Ella repartía los pañales de tela que luego se convertirían en el símbolo de las Madres. Y ése día también, debajo de un jacarandá, se formó Abuelas.
También estuve cuando vino la Comisión Interamericana de Derechos Humanos, la CIDH. Mientras hacíamos cola para que nos recibieran los funcionarios de la OEA, el relator de fútbol José María Muñoz nos insultaba al grito de “los argentinos somos derechos y humanos”.
En 1977 me encargué de recolectar el dinero para pagar lo que sería la primera solicitada en los diarios, denunciando la desaparición de Azucena Villaflor y preguntando dónde estaban nuestros familiares. Cada familiar firmó poniendo su nombre y apellido junto al DNI.
En nuestra búsqueda, como familiares, fuimos encontrando a muchos de los represores y verdugos de nuestros seres queridos. Yo logré localizar a Néstor Beroch, miembro de la CNU que participó en el secuestro de mi hermano. Lo encontré dando clases en un colegio secundario. Logramos que lo separaran de la escuela, aunque hasta que murió tuvo el beneficio de la jubilación.
También encontré a Juan Miguel Wolk, el responsable del Pozo de Banfield. Había sido condenado en 1986 en la Causa Camps , pero lo salvó la Ley de Obediencia Debida. Años después lo dieron oficialmente por muerto, pero yo trabajaba en la Cámara Electoral bonaerense y veía que Wolk seguía apareciendo en los padrones.
En la causa de mi hermano mandamos un oficio a la caja previsional de Policía para saber quién cobraba el beneficio de la pensión. Después de no contestar por mucho tiempo, casi dos tres años, con gran sorpresa contestaron que había cobrado en junio. Así descubrimos que Wolk estaba vivito y coleando en Mar del Plata, en el Bosque Peralta Ramos, era vecino de Miguel Etchecolatz.
Los sobrevivientes y los familiares fuimos quienes juntamos todas las pruebas y lo necesario para que se hicieran los juicios. También para encontrarlos, cosa que aún no hemos logrado. Fue una lucha de muchísimos años y cuesta creer que se estén por cumplir cincuenta años de ese golpe genocida. Hoy tengo 77 y sigo buscando a mi hermano, como a los 30 mil.
Si no hay castigo, la historia vuelve a repetirse. Hoy escucho cómo un policía mató a un chico que iba a jugar al fútbol e hirió a su amigo. El gatillo fácil nos sigue recordando que la Policía de Camps sigue entera por más que la modernicen. Es ésa policía que reprimió en Guernica y en tantos lados. Para no hablar de las fuerzas federales, que a las órdenes de Patricia Bullrich reprimen a jubilados y hacen lo que hicieron con Pablo Grillo.
Tenemos que luchar contra Javier Milei, pero también contra los cobardes y traidores. Si la reforma laboral y otras leyes contra el pueblo pasaron por el Congreso, también fue por ellos. Tenemos que fortalecer a nuestro Frente de Izquierda , que se incorpore más gente. Es un orgullo tener representantes que defienden de verdad los intereses del pueblo, tanto en las cámaras como en la calle.
Nuestra lucha siempre tiene que ser clara, precisa e inclaudicable. Así podemos mirar a todo el mundo de frente y sin haber traicionado nunca nuestros principios ni a nuestros familiares.
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